Señor, señora, esta no es una nota de opinión que habla del mundial… ¿o sí? En estas líneas que siguen intento narrar algo que me ha impactado sobre Brasil, y entiendo que, dado el contexto, al leer el nombre de ese país, lo primero que se venga a la mente sea probablemente el fútbol. Alguien, quizás, mencione el Carnaval de Río de Janeiro, la samba, la caipiriña o las playas de Copacabana e Ipanema y esas imágenes que, durante décadas, han adornado la identidad internacional de este país. No obstante, me voy a atrever a preguntarle ¿ha oído hablar del Festival del Boi-Bumbá? ¿O del Festival Folclórico de Parintins?
¿Boi-Bumbá? ¿Parintins? Son dos palabras que también me quedaron sonando en la cabeza cuando me invitaron a conocer esta mágica isla en medio del Amazonas para la celebración de un muy importante evento académico: la IV Jornada Pan Amazónica de Folkcomunicación y, por supuesto, el segundo evento folclórico más grande del Brasil, el Boi Bumbá. Esta festividad, que cada año reúne a miles de personas en la ciudad amazónica de Parintins, no suele formar parte de las primeras imágenes que se vienen a nuestra mente cuando pensamos en Brasil, causando una de las mayores paradojas de un país cuya riqueza cultural es tan vasta como su territorio.
Pero antes de continuar con el “meollo” de esta nota de opinión, hablemos un poco sobre este festival. Confieso que llegué a Parintins sin saber demasiado sobre el Festival del Boi-Bumbá y regresé con la sensación de haber presenciado una de las manifestaciones culturales más impresionantes de América Latina. El festival tiene sus raíces en la tradición del Boi-Bumbá, una expresión popular que llegó a la Amazonía brasileña durante el siglo XIX y que, con el paso del tiempo, incorporó narrativas, personajes y simbolismos propios de la región. Desde 1965, la ciudad de Parintins organiza este encuentro que hoy constituye uno de los acontecimientos culturales más importantes de Brasil.

Caprichoso y Garantido: una rivalidad construida desde el respeto
Cada año, durante los últimos días de junio, esta pequeña isla en medio del río Amazonas recibe cerca de 120.000 visitantes, una cantidad superior a su población habitual. Durante tres noches, el Bumbódromo se convierte en el escenario donde el grupo Caprichoso, identificado con un buey negro con una estrella azul en la frente, y el grupo Garantido, con el buey blanco de rojo corazón en la frente, despliegan una competencia artística que involucra a prácticamente toda la ciudad, recibiendo incluso invitados de otras regiones del país, no solo entre los asistentes sino también como parte del espectáculo.
Cada presentación, de aproximadamente dos horas y media, es una obra total llena de música, danza, canto, efectos visuales, impresionantes y enormes alegorías y cientos de artistas que se articulan para narrar historias inspiradas en la Amazonía, en los pueblos indígenas, en los seres míticos de la selva y en la diversidad cultural amazónica. Un jurado evalúa 21 ítems, que incluyen, por ejemplo, la calidad musical y la interpretación de los personajes, las alegorías, la puesta en escena y el desempeño de las propias barras que también reciben una calificación. Y es precisamente este punto uno de los aspectos que considero más interesantes del Festival de Parintins y que inevitablemente me llevó a pensar en el fútbol.
Cuando Caprichoso ocupa la arena del Bumbódromo, la barra de Garantido permanece en absoluto silencio. No hay silbidos, abucheos ni intentos por interrumpir la presentación del rival. Incluso las luces que identifican a la hinchada contraria se apagan, de modo que toda la atención se concentra en el espectáculo que se está desarrollando. Una vez finaliza la presentación y cuando llega el turno de Garantido, ocurre exactamente lo mismo: la barra azul guarda silencio y cede el escenario a su adversario. No es una ausencia de pasión, basta observar la intensidad con la que cada hinchada vive la presentación de su buey, canta las canciones y en muchos casos se transforma en parte viva y activa de toda la puesta en escena, para comprender que el entusiasmo es tan intenso como en cualquier estadio de fútbol. La diferencia está en la manera en que esa pasión se expresa. Aquí la rivalidad no se construye sobre el ruido del otro, no existe enfrentamiento verbal ni físico, existe arte, cultura y un respeto que se expresa magistralmente en silencio.

Más allá del fútbol: otra forma de entender Brasil
Fue imposible presenciar esa forma de vivir la rivalidad sin pensar en el Mundial y las similitudes y diferencias que existen entre estos dos escenarios. En el Mundial además de los goles, las grandes jugadas y las celebraciones, existen también imágenes menos gratas: provocaciones entre jugadores, insultos entre aficionados, expresiones discriminatorias o racistas y una rivalidad que, en ocasiones, termina borrando casi por completo el brillo de este encuentro. Si, estoy consciente que, afortunadamente, estos son episodios aislados frente a millones de personas que viven el fútbol como una auténtica fiesta. Episodios aislados, pero lamentablemente muy viralizados que, muchas veces, bastan para recordarnos que la pasión puede confundirse con la intolerancia, el racismo, la discriminación y el deseo de imponerse al rival.
Y sí, señor, señora, como habrá podido comprobar, le robé unos minutos del Mundial para hablarle de dos bueyes. Dos bueyes que, desde una pequeña isla mágica en medio del Amazonas, compiten entre alegorías, cantos, danza, color, memoria y respeto. Claramente la intención de estas líneas ha sido compartir con ustedes, gentiles lectores, algo que aprendí en el Brasil, y que considero conecta con el contexto mundialero actual.

Esta experiencia me enseñó que además de Pelé, Ronaldo, Ronaldinho, Neymar o Viní; además del Carnaval de Río, la samba o la caipiriña, Parintins nos enseña desde otro escenario, desde otras voces y desde otras formas que existen otras maneras de entender la competencia. Que existe un Brasil que, durante tres noches de junio, convierte a este lugar en una fiesta donde el arte celebra la Amazonía, la identidad y la cultura desde otro enfoque. Porque esta isla mágica no solo tiene tambores, cantos y tonadas que permanecen en la memoria con un ritmo pegajoso que no se desprende, paradójicamente, también tiene un sonido muy particular: el silencio. Un silencio que no nace de la ausencia de pasión, sino del respeto.
Ojalá que, cuando termine este Mundial y volvamos a pensar en Brasil y su jogo bonito, también encontremos un pequeño espacio para recordar a estos dos bueyes: Caprichoso y Garantido, como parte de una cultura y una identidad que no solamente entretiene sino también educa.
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