Cuando Marisel Mamani ni había nacido, allá por los años 50 -antes del decreto que devolvía a indígenas y campesinos territorios que estaban en manos de latifundistas- y que se dio a conocer como la Reforma Agraria, su bisabuela, tras haber perdido la oveja del patrón y ser golpeada brutalmente por este, agarró lo poco que tenía, y junto a su esposo y al ser que llevaba en el vientre, escaparon hasta Laja, a 35 kilómetros de la ciudad de La Paz.
Al encontrarse los bisabuelos en una situación económica precaria y después de una oferta de trabajo que le hicieron al hombre, los esposos decidieron mudarse a un contexto totalmente extraño para ellos: la ciudad. Así fue como se instalaron en Llojeta que, por entonces, sólo era una vasta zona de terrenos baldíos, cerca al cerro. Años después, y con mucho esfuerzo, la familia logró ubicarse en Cotahuma que, a pesar de caracterizarse como una zona más “urbana”, seguía siendo un lugar aquejado por la falta de necesidades básicas, como la carencia de agua potable. Allí, en 1987, nació Marisel.

Esta radiografía de una zona a otra, entre las laderas de la sede de Gobierno, pareciera mostrar un paisaje de antaño, sin embargo, hasta la actualidad, todavía siguen vislumbrándose necesidades que hacen que familias enteras deban desalojar sus viviendas, no sólo porque no cuentan con los recursos básicos, sino, y, sobre todo, porque no existe una gestión realizada desde los gobiernos autónomos municipales que proyecte plan de mitigación a largo plazo y, a través del cual, vivir no sea un riesgo diario.
Pasos firmes en el estudio
En una historia marcada por idas y venidas, ni la bisabuela, ni la abuela, ni la madre, es decir, nadie del linaje femenino de Marisel, logró estudiar; por eso, cuando la niña ingresó a la escuela, fue todo un acontecimiento. Se podría decir que fue esa luz para la familia, pero, sobre todo, para las mujeres de su entorno.
A pesar de que hoy en día existe un mayor acceso a la educación gratuita, todavía hay una gran cantidad de mujeres que no inician ninguna instrucción básica, esto debido a determinados arraigos culturales y a situaciones que las llevan a embarazarse casi desde que son niñas. Según la Confederación de Maestros Urbanos del Ministerio de Educación, en 2025, más de 35 mil estudiantes abandonaron las aulas en Bolivia. Para hacer referencia, específicamente a la deserción femenina, no existe un dato exacto.
Antes de salir del colegio, la joven Marisel deseaba estudiar Derecho, pero a su padre no le agradaba la idea y le pidió analizar más opciones. Así fue como a través de una amiga, se enteró de que existía la carrera de Bioquímica; cuando ella consultó de qué trataba, su compañera le contestó que aprenderían a hacer medicamentos. “Estudiaré Bioquímica”, le dijo a su progenitor.
A pesar de que ella estudiaba para ser admitida en la carrera de su elección en la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), demoró tres años en aprobar. Después del tercer intento fallido, pensó que lo mejor era volver a su idea inicial y convertirse en abogada, pero su padre no permitió que desistiera; y así, conversando con otros padres, se enteró de que podía solicitar la revisión de exámenes mediante una carta. Así fue como Marisel logró ingresar a la universidad.
La duda, el paso al descubrimiento
Encontrándose en el tercer año de universidad, su hermano menor falleció en un hospital infantil de La Paz; tiempo después lo hizo su hermana, de menos de dos años. Ambos murieron con cáncer.
Al finalizar la carrera, su curiosidad hizo que trabajara con Helicobacter pylori, una bacteria silenciosa que, sin un tratamiento a tiempo, puede convertirse en un cáncer.
Esa duda que le llevó a cuestionarse acerca de qué podría haber sucedido con sus hermanitos, al mismo tiempo en el que se sumergía más en el estudio del Helicobacter pylori, hizo que, guiada por la experticia de sus maestros con batas blancas, se involucre en un estudio de tesis sobre la aplicación de extractos vegetales para frenar el crecimiento de la bacteria mencionada.
Al año siguiente de defender su licenciatura, Mamani emprendió una maestría en Ciencias Biológicas y Biomédicas. En este grado, desde un estudio minucioso, logró destruir la pared celular de hongos dañinos para el mango y eliminar las larvas de la mosca de la fruta en el suelo. Esto fue decisivo para dedicar su carrera a prevenir problemas agrícolas usando biotecnología.
Sin embargo, este triunfo la dejó más inquieta, pues al comprender que su formación estaba orientada al diagnóstico clínico en humanos, creyó importante conocer más sobre la agronomía, bajo el entendido de que es más fácil prevenir que curar. Así fue como hizo su segunda maestría en Ciencias Agrarias, con especialidad en Cambio Climático y Seguridad Alimentaria (proyecto que todavía debe defender).
Posterior a ello, y con el fin de ayudar a su familia económicamente, más aun cuando el padre se encontraba enfermo, Marisel comenzó a trabajar como investigadora de la UMSA. A pesar de que ella imaginaba estudiar fuera del país, comprendía que, en ese momento, debía quedarse junto a sus seres queridos. Sin embargo, entre las vueltas de la vida, un día llegó al Instituto de Investigación una beca de doctorado de la cooperación sueca, y el perfil de Mamani era el único que aplicaba. Así fue como Marisel Mamani, en 2023, ingresó a la Universidad Sueca de Ciencias Agrícolas, en Uppsala.

Las mujeres en el mapa de la ciencia
Cuando se habla de mujeres que triunfan en la ciencia, la cifra es muy baja. De acuerdo con datos de la Unesco, sólo una de cada tres científicas es mujer. Ahora, si se menciona a mujeres indígenas en la ciencia, no existen cifras que visualicen este panorama. En ese sentido, la importancia de Marisel Mamani y su camino entre, el campo, la ciencia, Bolivia y Suecia, es imprescindible para entender nuestra estructura social, así como para comenzar a armar el mapa de oportunidades académicas que se podrían gestar entre aquellos grupos vulnerables, a quienes, como se dijo anteriormente, no llega ni un señuelo de educación.
Apelando a la sinceridad, el concepto del patriarcado, visto desde un orden histórico, cultural y social, que ha atravesado la política, la economía, la religión y la educación, ha permitido que las jerarquías entre géneros se naturalicen. Es cierto que esta idea en la actualidad, cada vez conlleva una menor implicancia en la esfera global, debido a la conquista de espacios que antes eran vetados para el género femenino, así como es evidente que todavía existen ámbitos donde el rol y discurso de la mujer se ven deslegitimados, uno de estos espacios lo sigue siendo la academia, donde el intelecto masculino es privilegiado en mayor medida. Pero, la pena es mayor cuando el acceso a la base del conocimiento también es desigual y, por tanto, las oportunidades precarias.
En ese sentido, historias como la de Marisel, no sólo alientan a un cambio de perspectiva, sino que, reflejan que el intelecto y la capacidad no están dadas a un determinado grupo. Porque desde que la bisabuela huyó por perder una oveja hasta el entendimiento de una nueva lengua lejos de la tierra natal, donde Marisel cuestiona la naturaleza de este mundo, no sólo ha pasado tiempo, también, se han ganado batallas.
La nostalgia por retornar a su país la aqueja continuamente, pero entiende que al volver llegará con un propósito mayor desde que se fue: reducir el uso de agroquímicos en Bolivia.
Y, desde Suecia, donde Marisel teje lo ancestral con la academia, sus raíces palpitan más fuerte.



