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El turismo paceño al límite tras los conflictos sociales

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La ciudad de La Paz atraviesa una de las etapas más críticas para su actividad turística en los últimos años. Después de 27 días continuos de conflictos sociales, bloqueos, enfrentamientos y una creciente sensación de incertidumbre, quienes trabajamos en hotelería y turismo vemos cómo la situación deja de ser una noticia para convertirse en una realidad que golpea directamente a nuestras familias, nuestros negocios y nuestros proyectos de vida.

Detrás de cada reserva cancelada hay historias reales. Personas que viven del turismo: recepcionistas, artesanos, transportistas, guías, cocineras, pequeños comerciantes, agencias de viaje y emprendedores que dependen del visitante para sostener sus hogares. Hoy, muchos de ellos enfrentan jornadas sin ingresos, tiendas cerradas y calles vacías en una ciudad que siempre se ha caracterizado por el movimiento constante de viajeros nacionales y extranjeros.

Como hotelera y parte de este sector, duele profundamente ver cómo colegas que durante años trabajaron para mostrar lo mejor de Bolivia hoy se ven obligados a pedir disculpas a los turistas por una situación que no depende de nosotros. Duele ver contratos suspendidos, grupos cancelados y viajeros que se marchan con miedo, incertidumbre o simplemente decepción.

“Cuando ves lo hermoso que es el país y después tienes que cancelar todo y decir: ‘así está mi país’, es muy triste”, señala un trabajador del sector turístico, reflejando un sentimiento compartido por muchos.

Los conflictos no solo afectan la economía. También golpean la confianza, la percepción de seguridad y la imagen del destino. Operadores turísticos y trabajadores del rubro advierten que existen zonas donde el libre tránsito se ha vuelto incierto y desplazarse genera temor. “Antes podías ir a una comunidad con tranquilidad; ahora existe miedo”, resume otro actor del sector.

La desinformación, la incertidumbre y la falta de garantías están provocando cancelaciones constantes, afectando directamente la reputación turística del país. Para quienes vivimos del turismo, cada día de conflicto representa ingresos que difícilmente se recuperarán.

En medio de gasificaciones, bloqueos y enfrentamientos, pequeños negocios han debido cerrar temporalmente. Muchos trabajadores aseguran que ya no logran cubrir alquileres, servicios básicos ni alimentación diaria.

“No tenemos trabajo, no tenemos dinero y aun así las obligaciones continúan”, resume una emprendedora paceña que depende del movimiento turístico.

El golpe resulta aún más duro porque el turismo venía intentando recuperarse tras los años de pandemia, cuando numerosos negocios familiares sobrevivieron únicamente gracias al esfuerzo propio, endeudándose, reinventándose y trabajando sin descanso para volver a levantarse.

“Después de la pandemia nos levantamos solos”, recuerda una trabajadora del sector. Sin embargo, hoy la sensación es que todo ese esfuerzo vuelve a tambalear.

En mercados, hoteles, agencias y espacios tradicionalmente visitados por extranjeros, la escena se repite: largas horas de espera con la esperanza de que llegue algún visitante que permita sostener el día.

“La esperanza es ver entrar a un turista y que compre algo”, comenta otra emprendedora.

Entre quienes vivimos del turismo existe además una sensación creciente de abandono. Muchos sentimos que no se está dimensionando el impacto económico, humano y social que esta crisis está generando.

“La Paz está cada vez más afectada y sentimos que no estamos siendo escuchados”, expresa una trabajadora del sector.

La crisis turística no puede reducirse a cifras. Cada cancelación afecta a hoteles familiares, restaurantes, artesanos, choferes, mercados populares, guías turísticos y pequeños emprendimientos que dependen del visitante nacional y extranjero.

Hoy, muchos sentimos impotencia al ver cómo una actividad que costó años reconstruir vuelve a paralizarse. Aun así, persiste la esperanza de que el turismo pueda recuperarse una vez más.

“Seguimos creyendo que vamos a salir adelante”, dicen algunos colegas.

Pero el sentimiento que más se repite entre quienes trabajamos en este sector es uno solo: la impotencia frente a una crisis que parece no tener una respuesta inmediata y cuyo impacto, una vez más, sigue siendo minimizado.

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