Patria conmemorada, cultura abandonada

Mientras Bolivia celebra 200 años de independencia, artistas e investigadores siguen trabajando a pulmón, con poco o nulo respaldo institucional. La memoria se conmemora, pero no se sostiene.

En medio del fervor patriótico que despierta el Bicentenario, Bolivia se viste de discursos, de símbolos, de banderas al viento y actos oficiales. Todo parece hablar de orgullo nacional, pero mientras se recuerda la historia con entusiasmo, quienes hoy la piensan, la crean y la mantienen viva desde la cultura, el arte y la investigación, siguen sumidos en la precariedad.

Hace poco tiempo falleció Ocasional Talento, un joven artista cuya sensibilidad y compromiso merecieron mucho más que los homenajes tardíos que llegaron tras su partida. Lo mismo ocurre con figuras de larga trayectoria, como Dante Uzquiano, autor de obras emblemáticas como Collita, quien hoy atraviesa una situación económica y de salud crítica. “Los artistas no le hemos fallado a Bolivia —decía recientemente en una entrevista—, representamos al país y hacemos que la gente quiera conocer nuestra cultura, y sin embargo, Bolívia, el estado, nos falla al dejarnos tan solos”.

También David Santalla, ícono del teatro y el humor boliviano, ha tenido que recurrir varias veces al apoyo público cuando su salud se vio comprometida. Su familia y él mismo, pidieron ayuda para cubrir tratamientos costos que deberían estar garantizados. ¿Cómo es posible que personas que nos han hecho reír, emocionar, pensar y sentir Bolivia durante décadas vivan con tanto desamparo?

En Bolivia, solemos exigir a los artistas que nos den “buenos temas”, que nos emocionen, que representen el alma del país, pero pocas veces los pensamos como personas que también necesitan respaldo social: seguro médico, aportes para la vejez, condiciones dignas para vivir y crear. Los aplaudimos cuando nos acordamos, cantamos sus canciones cuando queremos sentirnos patriotas, y luego, con la misma rapidez con la que los evocamos, los dejamos caer en el olvido.

Esta situación, lejos de ser nueva, ha sido documentada por estudios como el de la investigadora y artista Wara Cajías, quien ya en 2015 evidenció que más del 70% de los artistas bolivianos no cuenta con seguro médico. Una cifra alarmante que lastimosamente no ha mejorado.

Y hablando de investigación, es importante mencionar que esta precariedad que venimos mencionando no se limita al arte. El abandono también se siente en las aulas, los archivos y los espacios de investigación. En el reciente XII Congreso de la Asociación de Estudios Bolivianos, celebrado en Sucre, se evidenció una vez más cómo muchos investigadores internacionales llegan con financiamiento para estudiar al país, mientras que gran parte de los bolivianos que producen conocimiento sobre Bolivia lo hacen con escasos recursos, muchas veces autofinanciándose o dependiendo de apoyos externos vinculados a estudios de posgrado. El conocimiento se produce, pero no se sostiene. La memoria se conmemora, pero no se cuida.

Y la paradoja se profundiza, destacando dos eventos académicos como ejemplos: la realización del II Encuentro en Ciencias Sociales de la UMSA y la próxima XXXIX la Reunión Anual de Etnología (RAE) del MUSEF, que este año propone el tema “Los espacios y territorios que habitamos”. Dos eventos que, lejos de los grandes presupuestos, se construyen desde el compromiso colectivo. Son instancias que invitan a pensar Bolivia desde sus márgenes, sus contradicciones y también sus heridas. Y que siguen existiendo —como muchos de sus participantes— gracias al esfuerzo silencioso de quienes aún creen que reflexionar sobre el país es una forma de transformarlo.

En tiempos donde se anuncian “necesarios ajustes económicos” desde el poder político, ninguno de los candidatos en contienda ha mencionado el futuro de la cultura, del arte ni de la investigación. Como bien señalaba Uzquiano, el abandono no es nuevo: viene de siempre y todo indica que continuará. En el ámbito académico, preocupa aún más pensar que los pocos espacios que hoy permiten investigar con algún tipo de apoyo podrían verse aún más reducidos. El caso reciente de CONICET en Argentina, donde miles de investigadores fueron despedidos o desfinanciados, nos recuerda que las conquistas culturales pueden desmoronarse rápidamente si no hay voluntad política.

Al final de cuentas no se trata solo de cantar o de estudiar la historia. Se trata de sostener hoy a quienes la están construyendo con sus voces, sus ideas y sus cuerpos. La patria no es una fecha, es un proceso. Y una nación que no cuida a sus artistas, a sus pensadores, a sus investigadores, no está celebrando su historia: está decorando el vacío.

Que este Bicentenario no sea solo un escenario de solemnidades. Que nos permita mirar de frente nuestras deudas con la cultura viva, la que pulsa en cada territorio que habitamos, en cada archivo que abrimos, en cada canción que aún resiste al olvido.

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