Periodismo independiente y de interés público

Periodismo sin trinchera, en un país de trincheras

Ilustración sobre periodismo independiente y polarización política en Bolivia


Hace unos días le escribí a un investigador para entrevistarlo sobre litio en Bolivia. Su respuesta no fue una evasiva ni una falta de tiempo. Me dijo, con honestidad, que no quería colaborar con La Nube porque no comparte varias de nuestras posiciones editoriales.

El mensaje me hizo pensar en algo que suelo esquivar: hasta qué punto el periodismo independiente en Bolivia puede ser leído como independiente por alguien que ya decidió en qué bando estás.

En Bolivia, cada vez parece más difícil hacer periodismo sin que alguien te obligue a elegir una trinchera. Si cuestionas el impacto económico, ambiental o humano de los bloqueos, eres “anti movimientos sociales”. Si publicas una crítica a una demanda sindical o a una medida de presión, eres “afín al gobierno”. Si hablas de cooperación internacional, litio o mercados de carbono sin repetir automáticamente una consigna ideológica, eres “extractivista”.

Todo termina reducido a una lógica binaria donde informar ya no alcanza: también se espera obediencia política.

En La Nube no pensamos todos igual sobre cada tema —y eso no es una debilidad que ocultar. Yo tampoco tengo todas las respuestas sobre el litio, los incendios o los bloqueos. Lo que sí tengo es una convicción que no negocio: que los temas complejos merecen preguntas más complejas que las que caben en una etiqueta.

También intento sostener algunos principios básicos en mi trabajo: la transparencia, los derechos humanos, el acceso a la información pública y una preocupación genuina por el impacto ambiental de las decisiones políticas y económicas. Eso no significa acertar siempre. Significa intentar mirar sin convertirme en megáfono de ninguna narrativa.

Porque el litio, los incendios, el agua, los bloqueos o la crisis económica no son temas simples. Y el problema de discutirlos únicamente desde identidades políticas es que dejamos de hacernos las preguntas que más importan:

¿Quién controla los recursos públicos?

¿Quién fiscaliza los grandes proyectos?

¿Qué impactos ambientales se están ignorando?

¿Quién gana y quién pierde con las decisiones que se toman en nombre del desarrollo?

Esas son, precisamente, las preguntas que quería hacerle al investigador que prefirió no responder.

Tal vez el precio de no pertenecer claramente a un bando sea este: perder accesos, incomodar a distintos sectores y recibir críticas desde lugares opuestos al mismo tiempo.

Pero también creo que ese es, en parte, el lugar donde el periodismo todavía puede ser útil. No para confirmar los prejuicios de quienes ya tienen todas las respuestas, sino para seguir preguntando incluso cuando las puertas se cierran. Porque en un país donde todos sospechan de todos, quizás la independencia no consista en ser neutrales frente a todo, sino en mantener la capacidad de incomodar a cualquier poder, venga de donde venga.

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