Hace un par de semanas, junto a un grupo de mujeres, realicé un viaje al majestuoso a Sajama. Si bien a lo largo de los años, he tenido la dicha de visitar al imponente Tata Sajama, esta ocasión fue especial, ya que me permitió descubrir los atractivos del lugar y sentir con mayor intensidad su poderosa energía.
Como es tradición, nuestra primera parada fue en el Tolar, donde disfrutamos de un desayuno reconfortante con queso fresco, marraqueta y café. Una vez en calor y tras recibir la dinámica del viaje, emprendimos camino.
Nuestra siguiente parada fue Curahuara de Carangas, donde tuvimos el privilegio de compartir con el Padre Jacinto, párroco de la iglesia la cual es denominada “Capilla Sixtina del Altiplano Boliviano”. Con amabilidad nos ofreció una detallada exposición sobre las pinturas murales del templo y su historia fue una experiencia profundamente enriquecedora, ya que nos ayudó a observar detalles que suelen pasar desapercibidos. Quiero destacar la sencillez y calidez de su persona, así como su loable labor en la comunidad: recientemente inauguró un espacio para que los niños del lugar puedan ir a jugar, leer y hacer otras actividades. Espero que esta iniciativa reciba el apoyo que merece y pueda continuar en adelante con los siguientes que ocupen su lugar.
Después nos dirigimos a las aguas termales. A pesar del intenso frío, fue una experiencia reconfortante, potenciada por la vista majestuosa del Tata Sajama. La conexión con la naturaleza en ese entorno es simplemente única. No obstante, es necesario señalar que, debido a la escasez de diésel, no había luz en los vestidores, y vimos un par de turistas extranjeros que tenían dificultad para contactar a su guía por la falta de señal de Internet.
Esa noche nos hospedamos en el Albergue Ecoturístico Tomarapi. Aunque la infraestructura requiere mantenimiento y se hace imprescindible contar con ropa de cama adecuada para soportar el frío, todo se compensa con la cálida atención de los anfitriones quienes nos prepararon un menú casero con productos de la región que nos hizo sentir como en casa.

Al día siguiente realizamos una breve caminata hacia el mirador y luego a la iglesia donde tuvimos la oportunidad de ingresar, es la primera vez que la visito por dentro; su sencillez transmite una profunda sensación de paz y fe. Algo a notar es que el guiaje necesita una capacitación adecuada y contar con un estándar en la atención en general entendiendo que hay una rotación de familias para la operación del albergue.
Luego partimos rumbo a los géiseres, cuya existencia, debo admitir, desconocía. Aunque el trayecto fue largo y algo accidentado, el paisaje compensó cualquier incomodidad: las fumarolas, los colores terrosos y el vapor que emerge del suelo brindan la sensación de estar descendiendo a las profundidades de la Tierra.
Finalmente, nos detuvimos en la plaza del pueblo que para mi pesar, se encontraba desierta, al igual que los alrededores. Solo había una pequeña tienda de insumos y otra de artesanías, ambas en condiciones precarias, lo cual da lugar a muchas reflexiones.
En resumen, el viaje fue impecable en cuanto a itinerario, organización y experiencias compartidas. Sin embargo, en el destino se evidencian carencias importantes: infraestructura vial deteriorada, falta de señalización, inexistencia de servicios básicos. Resulta paradójico que un lugar con tanto potencial —reconocido por su riqueza natural y cultural — no reciba la atención ni las inversiones necesarias para garantizar una experiencia plena y sostenible para sus visitantes.
Que cada viaje sirva no solo para descubrir nuevos paisajes, sino también para abrir caminos hacia un turismo más consciente, inclusivo y respetuoso con las comunidades y la naturaleza.



