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El refugio natural en La Paz, donde el paisaje manda y el cemento retrocede

En este rincón de los valles paceños, esa filosofía se traduce en acciones concretas: reutilizar materiales, cuidar el agua, trabajar con la comunidad, mantener el equilibrio con el entorno.

El murmullo de la ciudad queda atrás en menos de media hora. A medida que el camino desciende hacia los valles paceños, el aire cambia, se vuelve más cálido, más liviano. En Jupapina, entre cerros y cultivos al sur de la ciudad de La Paz, un conjunto de cabañas se abre paso sin romper el paisaje. No hay estructuras imponentes ni cemento que domine: hay madera, piedra, vidrio reciclado y plantas nativas que crecen incluso sobre los techos.

“Esto antes era una chanchería. Había más de 60 chanchos aquí”, recuerda Rolando Mendoza, propietario de Colibrí Eco-Lodge & Camping, mientras ingresa a la Casa Rosada, una cabaña familiar bordeada de plantas nativas tipo cactus y karalawas. Como ese espacio hay otros: la “green house”, cabañas tipo glamping, y miradores que se asoman hacia un cañadón y el conocido Valle de las Flores.

Una de las cabañas de Colibrí Camping

Nada parece construido para contrarrestar el paisaje. Las ventanas están hechas con botellas de vidrio; las lámparas, también. En la cocina los vasos se fabricaron con el mismo material reutilizado. En el patio hay un horno solar en el que se cuecen las carnes o tubérculos, sin necesidad de usar combustibles fósiles o leña, sólo la luz del sol. El baño, uno de los sitios más llamativos, tiene un jardín de techo, es verde, cubierto de suculentas y flores nativas que atraen abejas, colibríes, loros (aymaritas) y otras especies que se mueven libremente entre las estructuras.

“Tratamos de valorizar todo lo que tenemos cerca, lo que normalmente se desecha”, explica David Mendoza, encargado de operaciones en el Colibrí Eco-Lodge. “La idea no es sólo proteger el entorno, sino fortalecerlo”. Allí nada se desperdicia, pues de la época de lluvia se almacenan hasta 40.000 litros de agua en tanques subterráneos.

David Mendoza, encargado de operaciones en el Colibrí Eco-Lodge

El proyecto —que empezó como una iniciativa familiar— se sostiene sobre esa lógica. La mayoría de las construcciones fueron levantadas con materiales locales y trabajo propio. Rolando, quien conoce de carpintería, diseñó buena parte de los muebles y estructuras. “Uno puede hacer muchas casas con las manos, pero con el corazón construyes otras”, dice, señalando una de las cabañas que conserva detalles de su pasado.

Desde los balcones se ve la “Muela del Diablo”, un atractivo turístico que se recorta en el cielo. Más abajo, el Valle de las Flores despliega sus cultivos, flores, verduras y hortalizas, que abastecen a la zona y sus visitantes. En los alrededores, la fauna aparece sin previo aviso: vizcachas, aves andinas, incluso zorros, si es que hay suerte.

Rolando Mendoza, propietario de Colibrí Eco-Lodge & Camping

Pero el vínculo con el entorno no es sólo paisajístico, también es comunitario. La mayoría del equipo que trabaja en Colibrí proviene del área. En la cocina, por ejemplo, mujeres de la zona preparan alimentos con productos locales. “Todo es natural, tratamos de que sea saludable y hecho con lo que tenemos aquí”, cuenta Clara Espejo, mientras sirve un plato elaborado con ingredientes de la región.

Esa relación se extiende a las experiencias que se ofrecen. Algunas incluyen visitas a cultivos de alimentos y flores o recorridos por senderos poco conocidos del valle. David afirma que la experiencia no sólo es llegar a dormir, sino compartir con la comunidad de la zona y con quienes están en Colibrí, pues durante las mañanas en fines de semana no pueden faltar las sesiones de yoga, al aire libre y con los primeros rayos de sol.

Para quienes llegan desde la ciudad —o de otros países— el impacto es inmediato. “Es la primera vez que veo una conexión tan directa entre la naturaleza y lo que construye el ser humano”, dice Valentina Choque, visitante paceña. “Aquí todo tiene sentido, incluso lo que normalmente botamos”.

Botellas de vino utilizadas para adornar diferentes espacios en Colibrí

La percepción se repite entre operadores turísticos. El 26 de abril, gente del rubro visitó este eco-lodge para conocer más del área y realizar conexiones con los visitantes extranjeros y locales. Roxana Mildres Paco, de la agencia “Neta, Viajes y Turismo”, considera que el lugar responde a una demanda creciente: “Hay gente que ya no busca sólo un hotel, sino desconectarse, descansar, tener una experiencia distinta, más consciente”.

Esta idea conecta con una tendencia más amplia: el turismo sostenible, que intenta reducir impactos ambientales y generar beneficios en las comunidades locales. En Bolivia, donde la diversidad natural es uno de los principales atractivos, iniciativas como ésta muestran una alternativa posible.

Rolando lo explica con una historia que repite a quienes visitan el lugar: la del colibrí que, frente a un incendio forestal, lleva pequeñas gotas de agua en el pico para intentar apagarlo. Los demás animales se burlan, pero el colibrí insiste. “Estoy haciendo mi parte”, responde.

Rolando Mendoza habla frente a sus visitantes

En este rincón de los valles paceños, esa filosofía se traduce en acciones concretas: reutilizar materiales, cuidar el agua, trabajar con la comunidad, mantener el equilibrio con el entorno. No como una solución definitiva, sino como un intento persistente de habitar el paisaje sin destruirlo.

Y mientras el sol cae detrás de los cerros, el silencio vuelve a imponerse. Sólo queda el viento, algún ave a lo lejos y la sensación —cada vez más escasa— de que todavía es posible hacer las cosas de otra manera.

Colibrí Camping, un espacio amigable con la naturaleza.

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