Una calavera en el punto de una mira telescópica roja, es la caracterización de la compañía de mercenarios, que días atrás trató de arrebatar la escasa calma que al Kremlin le queda: el grupo Wagner, dirigido por quien años atrás fuera el chef de Vladimir Putin: Yevgeni Prigozhin.
No muchos conocen la historia de quien en la actualidad es considerado un acaudalado y audaz empresario, que gracias a sus contactos con el presidente ruso y su cúpula de ministros, logró cocinar su trayectoria, hasta el punto de direccionar una red militar privada, vinculada con la ideología neonazi, y que días atrás, y en un vuelco de tuerca, intentó revelarse al Gobierno de la Federación de Rusia, con un plan inicial, que involucraba la captura del ministro de Defensa, Sergei Shoigu y del jefe del Estado Mayor General, Valeri Guerasimov.
Nacido en Leningrado (ahora San Petersburgo) en 1961, Yevgeni Prigozhin, pasó gran parte de su juventud entre las sombras de una Rusia soviética en decadencia, que detonaron en él un carácter que lo condenaría por robo, fraude e implicación de menores en actividades delictivas, pasando nueve años de su vida tras las rejas.

Fue en 1990, cuando la Unión Soviética llegaba a su fin que, en un intento de reivindicación, comenzó a trabajar vendiendo hot dogs durante cinco años; posteriormente, adquirió una participación en una cadena de supermercados; y tiempo después, abrió su propio restaurante, el cual se convertiría en el núcleo de su red de contactos.
A medida que el tiempo pasó el negocio se expandió, y un día cualquiera tuvo la oportunidad de encontrarse con el presidente ruso, Vladimir Putin, a quien conoció en un barco por el río Neva, donde uno de sus restaurantes funcionaba. Tiempo después, sería “el chef de Putin”, apodado así por ser el encargado de organizar los banquetes en los que el mandatario se reunía con dignatarios de otros países.
Fue esta relación Prigozhin-Putin la llave maestra que le permitió entrar al juego de la política y la milicia, creando a su manera, el grupo Wagner, que se hizo público por primera vez en 2014, año en el que participó en la guerra de Dombás, funcionando como una herramienta clave para la consecución de los intereses geopolíticos de Rusia. Parecía que, de ahí en adelante, nadie lo pararía, pues también reafirmó su apoyo al líder ruso en los conflictos de Siria y Libia.
Pero es hasta ahora que, tras años de apoyo al Kremlin, Prigozhim parece haber sufrido una especie de amnesia y ha decidido darle la espalda a su viejo amigo Putin, revelándose junto a su grupo de mercenarios, ante la ofensiva rusa que desde 2022 intenta controlar territorio ucraniano; pero esto se debe en mayor medida, a un desacuerdo entre Prigozhim y el Ministerio de Defensa ruso, institución a la que acusa de dirigir la guerra en beneficio de las élites de su país.
Así fue como entre el 23 y el 24 de junio, las tropas Wagner avanzaron hasta la ciudad de Rostov del Don, una localidad con una importante base militar, e informaron de avances hacia Vorónezh y Lípetsk, teniendo como destino final Moscú, sin embargo, vana fue la intención, pues el Servicio Federal de Seguridad (FSB), habiendo desarrollado una estrategia de inteligencia, descubrió dos días previos a ejecutarse el plan, la intención del grupo de mercenarios, poniendo fin al acto de insurrección y abriendo un caso criminal contra Prigozhin. Básicamente, el motín de los “wagnerianos” se originó sin mayores resultados significativos e inmediatos, no obstante, reveló las vulnerabilidades del Kremlin.
Mientras escribo estas cortas líneas, imagino al vendedor de hot dogs, al desafiante empresario, al jefe mercenario, a quien se atrevió a humillar a Putin, sentado y con la mirada perdida, pero con dirección al frente, tranquilo, porque a pesar de todo, el mejor consuelo, quizá, lo encuentre en el Tannhäuser de Wagner.