Sáenz, admirado desde la oscuridad

No recuerdo cuándo fue la primera vez que lo conocí, pero en ese entonces quedé deslumbrado por el poeta maldito, por el Gran Vate de Los Andes. Aquella admiración inicial, de adolescente, desde la oscuridad, fue más por su vida (que por supuesto no conocí de primera mano) que por su obra. Jaime Sáenz era la encarnación de la rebeldía, de la bohemia, el alcoholismo, la poesía y la magia.

Hace unos días, el 8 de octubre, cumplió 100 años, pues la vida es más que la existencia de un cuerpo móvil sobre la tierra. Este hombre de mirada espeluznante y rostro aun más de miedo ha vencido al olvido a través de su escritura y el encanto que despertó en viejos y jóvenes, que sin conocerlo del todo (me incluyo) lo han elevado a la categoría de uno de los mayores escritores de la historia boliviana; esto no es poca cosa.

"En el extraño sitio en que precisamente la perdición y el encuentro han ocurrido,
la hermosura de la vida es un hecho que no se puede ni se debe negar. 
La hermosura de la vida. 
Por el milagro de vivir.
La hermosura de la vida,
que se da,
por el milagro de morir 
(Recorrer esta distancia, Jaime Saenz)

La tumba del escritor y poeta Jaime Saenz. Se recuerdan los 100 años desde su nacimiento.

Aquí yace el poeta paceño Jaime Saenz. Cementerio General de La Paz. (Foto: SM)

Nació en 1921, en La Paz, y ni bien terminó el colegio, en 1938, viajó a Alemania en pleno periodo nazi. Allí quedó maravillado por el nazismo y se convirtió en un defensor del genocida y dictador Adolf Hitler. Volvió a Bolivia inmediatamente, en 1939, para poco después sumergirse en el alcoholismo que le duraría por casi toda su vida.

Pese a su adicción por el alcohol y las drogas -o tal vez por eso mismo- se convirtió en todo un referente de la vida cultural paceña. Fueron célebres las reuniones que organizó en su domicilio, denominadas Talleres Krupp (hasta en el nombre había una tendencia hacia Alemania), donde colgaba una bandera nazi, se consumía estupefacientes, se oía música y se hablaba de todo un poco.

Sí, despertó admiración, pero también muchas críticas opacadas por su fama. ¿Admirador del nazismo? ¿Alcohólico y drogadicto? ¿Elogiador de la muerte? En varias fotografías se lo vio con un saco de aparapita (personaje indígena, cargador desafortunado en los mercados paceños, que él retrató en su obra) o un chullo campesino. Pura pose podría decir el escritor Jaime Nisttahuz, quien lo detracta desde la ficción en su libro Inquilinos del Insomino.

El poeta Jaime Saenz, con un gorro andino, observa con los brazos cruzados y con el Illimani de fondo.

Sáenz con un gorro andino y el nevado Illimani, ícono de La Paz, en el fondo. (Foto: Alfonso Gumucio Dagron)

Su tumba, en el Cementerio General, es una de las pocas sobre el mismo suelo y a los pies de un alto pino. En la reja verde que bordea la sepultura cuelgan poemas y un cartel en homenaje al centenario de su nacimiento. Me pregunto entonces si tanta admiración sea merecida. La respuesta no interesa, cada quien con lo que se le antoje. La fama y el prestigio, así como el oprobio, no siempre eligen merecimientos.

Pero por el respeto y el vínculo que sentí desde joven, y que no ha muerto, me tomé dos cervezas con el poeta bendito.

¡Salud, hermanito!, de noche todos los gatos son pardos

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