Doce campanadas

Por Laurentina

Nadie puede resistirse al encanto de las campanas de la catedral en Año Nuevo.

Martín, Simón y yo tuvimos la suerte de vivir a solo unas cuadras de la grandiosa e imponente catedral franciscana que, a su modo, adornaba y le daba cierto encanto a la plaza principal de la ciudad.

Cada mañana, durante todos los días del año, nos reuníamos en el patio principal de la iglesia para jugar. A veces, Martín nos prestaba sus canicas, aunque siempre terminaba enojado con nosotros por perderlas al jugar. Que somos muy torpes, decía. Y tenía razón.

Simón era, en cambio, más artístico. Le gustaba la música y tenía un violín que le había fabricado su abuelo con sus propias manos. Él nos contaba que pulía las cuerdas una tras otra para que fuesen de alta calidad y resistentes, tanto al paso del tiempo como a las notas agresivas de las melodías de Paganini. No dejaba que toquemos su violín. Era, entre sus posesiones, la más sagrada que conservaba.

La primera y única vez que una niña se unió a nuestro peculiar grupo fue durante la noche de Año Nuevo, hace un año exactamente. Alejandra se escondía en el recibidor de nuestra casa. Fue Martín quien la escuchó y, temeroso justo en los momentos más cruciales, nos empujó a Simón y a mí a acercarnos a ella.

Mientras bajábamos las gradas, Simón me repetía que de nada serviría, que al escucharnos ella se asustaría. “¡Y qué mejor!”, recuerdo haberle respondido, creyendo que la intrusa solo nos traería problemas.

Alejandra tenía la belleza conjunta de todas las niñas que había conocido en mi corta vida. Su piel morena se veía suave debajo del vestido azul que llevaba puesto. Y sus rizos, tan oscuros como las noches en que la luna no aparecía, caían despeinados y ensortijados por su espalda.

—¡Shu, shu! —le gritó Simón, sin bajar de la última grada.

Alejandra se dio la vuelta y la belleza superficial que la caracterizaba se fusionó con los moretones de su rostro más el ojo izquierdo hinchado y enrojecido con el que nos observó. No gritó, no se asustó, en pocas palabras, se quedó mirándonos como si pidiera auxilio.

Me acerqué a ella con la intención de confortarla. Era una niña muy bonita para que alguien haya querido hacerle tanto daño. Pude darme cuenta, antes de que ella pronunciara alguna palabra, que sus ojos se habían secado de tanto llorar.

Nos acompañó hasta el último piso de la casa, en el ático, donde nos gustaba pasar las noches como aquella. Si teníamos suerte, a medianoche el cielo estaría despejado y podríamos ver a través de la ventana los fuegos artificiales bailar en el firmamento, compitiendo contra el fulgor innato de las estrellas.

Alejandra le contó todo a Simón. Nosotros, Martín y yo, escuchábamos desde el sillón, repartiendo en cuatro partes iguales las galletas que teníamos escondidas en la cocina. Ella dijo que escapó de su casa, porque su padre empezó a beber alcohol, y cuando lo hacía perdía el control.

Nos contó, o, mejor dicho, a Simón le contó que hace unos meses mientras bebía perdió el control con el perro de la familia, quien lo había mordido por defender a su madre de los golpes. Y esta noche había perdido el control con ella.

No entendimos, hasta que Simón la abrazó. ¿Por qué ella había decidido contarle todo eso a él? Quizá porque Alejandra supo de algún modo que Simón se había criado con su abuelo, ya que su padre también golpeaba a su madre.

Repartimos las galletas. Eran nuestras sustitutas para las uvas de año nuevo. No las habíamos podido conseguir.

Empezamos a comerlas, mientras veíamos con emoción desde el ático que el cielo comenzaba a encenderse. Entonces, sonaron las doce campanadas. Una tras otra, rítmica y melódica, casi podíamos escuchar la euforia de toda la gente en el vibrar del sonido. Por una noche, cada año, regresábamos para sentirnos vivos.

Martín recordó la fiebre que lo dejó sumido en cama hasta que su cuerpo dejó de responderle y sus pulmones dejaron de moverse. Recordó que lo último que sintió en su piel aún tibia fueron las lágrimas de su madre mientras se despedía.

Simón, en cambio, se abrazó a sí mismo, protegiéndose de la soledad a la que se había aferrado cuando su abuelo falleció en un accidente de tránsito. Dejó de comer, dejó de dormir por las pesadillas, y con el pasar de los meses quedó tendido en un rincón de su habitación, abrazado a su violín, mientras su cuerpo raquítico empezaba a enfriarse.

Yo recordé la explosión en el colegio, en una de aquellas dictaduras donde los tanques y los militares disparaban a cualquiera que no vistiera el verde. Caí de bruces contra el suelo, con un trozo de vidrio clavado en el cuello.

Y Alejandra, que ahora viviría junto a nosotros en la casa cerca la catedral, recordó la última vez que su cuerpo soportó los golpes. Hace tan solo unas horas.

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