Curahuara de Carangas: un lugar donde la historia todavía se cuenta

En este artículo quiero hablar sobre Curahuara de Carangas, un destino que muchas veces pasa desapercibido para nosotros mismos, los locales, pero que guarda un valor histórico y cultural extraordinario.

Este pequeño pueblo del altiplano boliviano alberga uno de los tesoros más importantes del patrimonio religioso de Sudamérica la iglesia conocida como la Capilla Sixtina de los Andes, considerada una de las capillas más antiguas del continente. Fue construida en 1608 y declarada Monumento Nacional en noviembre de 1960. Además, el lugar tuvo un papel relevante durante la Revolución Nacional de 1952, lo que la convierte no solo en un espacio religioso, sino también en un testigo silencioso de la historia del país.

Sin embargo, a pesar de su enorme importancia, este patrimonio corre el riesgo de perder valor con el paso del tiempo. No solo por la falta de promoción turística, sino también porque muchas veces los visitantes recorren sus muros sin comprender las historias que guardan. Las paredes y techos de la iglesia están cubiertos de pinturas que narran escenas bíblicas y episodios de la evangelización en el altiplano. Pero estas historias necesitan a alguien que las cuente, que las traduzca y las haga cobrar vida.

Y es aquí donde aparece el Padre Jacinto.

Tuve la oportunidad de conocerlo en 2025, durante un viaje que realicé junto a un grupo de mujeres por la zona del Parque Nacional Sajama, hicimos una breve parada en Curahuara para visitar la iglesia, pensando que sería una visita rápida más dentro del itinerario.

Para mi sorpresa, quien nos recibió y nos dio el recorrido fue el propio Padre Jacinto; con una mezcla de pasión, conocimiento y cercanía, nos fue guiando por cada rincón de la Iglesia, explicando los detalles de las pinturas y compartiendo datos históricos que estoy segura muy pocas personas conocen. Más que una explicación, fue una forma de hacernos parte de la historia del lugar.

Durante esa visita también nos mostró un espacio que estaba refaccionando para los niños de Curahuara: un lugar donde puedan jugar, hacer sus tareas y ver videos educativos. En ese momento me quedé con la inquietud de querer colaborar de alguna forma.

Así que en enero de este año lo llamé para decirle que volvería a visitarlo y que llevaría algunos insumos para ese espacio destinado a los niños.

Cuando llegué junto a mi familia, lo encontré nuevamente haciendo lo que parece ser parte de su rutina guiando a visitantes y compartiendo con entusiasmo la historia de la iglesia y los significados detrás de sus pinturas.

Después pudimos conversar y nos mostró fotografías del trabajo que está realizando para apoyar la refacción de otra iglesia cercana; me impresionó ver la belleza de ese templo y, al mismo tiempo, lo vulnerable que puede ser este patrimonio cuando el tiempo, el clima y el descuido comienzan a pasar factura.

En esta región del altiplano existe toda una cadena de iglesias coloniales, muchas de ellas con un valor artístico e histórico enorme, pero que poco a poco corren el riesgo de deteriorarse si no reciben atención.

También pude ver los avances que había logrado en el espacio para los niños. Aunque aún queda trabajo por hacer, es admirable pensar que gran parte de este esfuerzo lo está realizando prácticamente solo, con los recursos que tiene a su alcance y eso es precisamente lo que me gustaría resaltar.

El trabajo silencioso de una persona en un lugar donde las distancias son grandes, las condiciones pueden ser difíciles y donde un solo sacerdote debe atender varias comunidades. Aun así, el Padre Jacinto no solo cumple con su labor, sino que también se ha convertido en guardián de la historia, promotor cultural y motor de iniciativas sociales para su comunidad.

Su calidez humana y el cariño que demuestra por Curahuara de Carangas lo han llevado a hacer mucho más de lo que muchos esperarían.

Por eso, más allá de visitar un destino impresionante, espero que este artículo también despierte la curiosidad de conocer Curahuara de Carangas y de escuchar la historia directamente de alguien que la vive y la protege todos los días.

Si tienen la oportunidad de pasar por este rincón del altiplano, deténganse, entren a la iglesia y, si tienen suerte, conocerán al Padre Jacinto.

Les aseguro que no solo les abrirá las puertas de la iglesia, sino también su corazón.

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