La memoria en una frase

Tengo una amiga que en todas sus fotos de niña sale posando con un dulce. Me lo contó mientras tomábamos una cerveza. Al rato nos despediríamos porque ella tenía trabajo, y tomar una cerveza y contar pequeñas historias es todo lo que hacia falta para sobrevivir la realidad de un domingo por la noche, pero en ese momento, mientras me enseñaba una foto en la que salía con un chupete, yo recordé que tenía algunos dulces en el bolsillo y le invité uno.

Esta pequeña historia puede mostrar que la relación que nuestras palabras guardan con la cadena de acciones de la que está hecha la vida, a menudo no es directa. Los giros que damos para expresarnos pueden ser tan grandes que cuando llegamos a lo que queremos decir, las cosas han cambiado tanto que ya no importa. Solo hace falta pensar en gran parte de las disculpas. O, también, en las discusiones que se acaban simplemente porque no se puede recordar en dónde comenzaron.

Si se lo piensa desde el punto de vista de lo posible, la incongruencia que se mantiene entre gran parte de lo que se dice y se hace tiene todo el sentido del mundo. ¡Qué aburrido sería ir por ahí tratando de asegurar que todo lo que decimos se corresponda con lo que hacemos! Si las cosas fueran así de simples, la vida podría reducirse a una constatación constante de nuestras acciones. En un caso especialmente triste se podría imaginar a una persona que dice: “me tengo que ir”, y acto seguido sale por la puerta, acaso sin despedirse, en vez de quedarse charlando otros veinte minutos.

Por suerte, las palabras que escogemos usan otros canales para relacionarse con la realidad, más sinuosos y a menudo con resultados inesperados. Dentro de todo, en la anécdota que conté, el camino fue bastante sencillo: escuchar la historia de cómo mi amiga siempre aparecía comiendo dulces en las fotos cuando niña, además de enseñarme algo sobre su vida, me hizo recuerdo de las pastillas que guardaba en el bolsillo, y no solo le invité una, sino que yo también comí otra. Al final, sus palabras impactaron de una manera real en mi noche. Quizás, no hay mucho más que decir sobre el asunto.

En algunas ocasiones, los caminos por los que las palabras marchan involucran generaciones enteras. En una crónica titulada: “Aquí había una viña”, Juan Tallón cuenta cómo, cada vez que pasa por cierta carretera, se ve obligado a decir: “aquí tenían una viña mis abuelos”. Para Tallón, la importancia de repetir esa frase radica en que, si un día abandona “el empeño en decirla, el olvido lo devorará todo”. El tiempo que tardan las cosas en desaparecer siempre es demasiado corto. Y es “imposible que exista lo que se olvida (…). Por eso poner a salvo hechos ideas, sentimientos y no dejar de evocarlos es una forma más bella de sobrellevar la vida”.

Lo que se propone aquí es una diferenciación entre lo que existe y lo que directamente no lo hace: lo que es y lo que no. Lo trágico o lo bello, que pueden ser ambas caras de una misma moneda, es que la condición de ser de cualquier cosa está directamente ligada a la memoria, la cual a su vez se aleja de la materialidad para ser parte del lenguaje. Cuando algo no se olvida, “lo que se acaba se convierte en anécdota, historia, y se deja prolongar cariñosamente en el tiempo. Por pequeño que parezca, si el relato se desentraña, a partir de él puede llegar a desplegarse todo un mundo perdido (…)”, continúa Tallón. Desde esta perspectiva la condición de ser desdibuja la distinción que hacemos entre hecho y ficción. A partir de una sola frase existe la posibilidad de desentrañar un mundo, “siguiendo la estrategia de la chistera de un mago, en la que cabe casi todo lo imaginable, pese a la ausencia de espacio material”.  

Antes dije que quizás no se podía decir mucho más sobre el asunto de los dulces. Pero talvez sí. Luego de escuchar la historia una parte de mí se había transportado a un pasado al que no pertenecía, ante la persistencia de una niña que comía dulces tan consistentemente consigo misma como las personas que reconocieron ese gesto y sin decir nada se empeñaron en registrar su dedicación, para que pueda ser descubierta en algún futuro y alguien pueda relatar lo que yo escuché.

Las palabras tienen más chance de sobrevivirnos que las acciones. Esto me resulta curioso porque lo que hacemos tiene un efecto tangible en el mundo, mientras que lo dicho tiene que dar muchas vueltas para poder enunciarlo. Pero son las historias las que quedan y para que las acciones puedan sobrevivir en ellas tienen que ser capaces de suceder anónimamente muchísimas veces, entregándose sin pena al olvido la mayor parte del tiempo.

No creo que se trate de ser capaces de recordarlo todo. Más bien, esto abre la posibilidad de ver la memoria, ya no como algo que nos sucede, sino como la conciencia de estar viviendo algo que recordar. Escoger las palabras para contar las historias desde ese presente, ponerlas a salvo, como diría Tallón, no solo es una manera más bella de sobrellevar la vida, también puede reconciliar una identidad subyacente entre lo que decimos y lo que hacemos.

Tener esto en claro y ser capaces de llevarlo a cabo es más difícil, ya que al desdibujarse la líneas que dibujan lo que entendemos como hecho factual y ficción, la certeza pierde terreno. El tiempo por definición es cambio, transformación, incertidumbre; y las palabras para poder sobrevivir en esa estructura inestable, para poder recordar algo y decirnos algo sobre nosotros, tienen que adaptarse. Puede ser que la afirmación: “en todas las fotos en las que salgo de niña, estoy comiendo dulces”, no sea verdadera de la misma manera que la afirmación: “aproximadamente el 70% de la tierra está cubierta de agua”. Sin embargo, para el tipo de distinción que lo que se recuerda requiere para sobrevivir al olvido, es más real en su permanencia y en el mundo que se salva al escucharla.

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