Entre lo ingrato del olvido y lo maravilloso de lo desconocido. Varsovia, Polonia.

Créditos: Getty Images

Hace un par de semanas tuve la inmensa fortuna de visitar Varsovia, la capital de Polonia. Debo admitir que al llegar a esta nueva ciudad no guardaba gran expectativa, quizás por ello es que he quedado tan asombrada. Durante años crecí escuchando sobre las grandes capitales europeas, como si la hermosa Paris, la romántica Roma o la imponente Londres compusieran toda Europa o incluso todo el mundo que uno “debe” conocer.

La propuesta de ir a esta ciudad vino de la mano de una querida amiga polaca, quien además de recibirnos en su casa, nos abrazó con el alma, con el alma de quien quiere compartir no solo el lugar que la vio crecer, sino las memorias que atesora con todo su ser. Eso, desde luego, le brinda a esta visita un toque aún más especial. Quizás es por eso que me ha gustado tanto Varsovia.

Dicen que la primera impresión nunca se olvida, pero yo me quedo con dos. La primera, fue la llegada a una ciudad moderna, con rascacielos, luces y muchos letreros. Autopistas amplias, tranvías, metro y señalización muy bien respetada. Varsovia, de entrada, se pintó interesante, no obstante, la segunda impresión es la que me dejó sin aliento. La mañana siguiente a mi llegada, la nieve cubría absolutamente cada techo, cada hoja seca de un árbol que resiste al invierno y la diferencia entre la acera y el pavimento, era incierta, pues todo estaba cubierto por un manto blanco, tan bello que era imposible mirarlo mucho tiempo.

De ahí en adelante, pude conocer esta ciudad de la que me animo a generalizar diciendo que, poco conocemos, y no solo en Bolivia, pues en las últimas semanas me he dedicado a preguntar a quien me encuentro que saben de Polonia o de Varsovia en concreto y casi siempre me encuentro con la misma cara de “casi nada” y de vez en cuanto alguien recuerda a los guetos.

¡Eco!, la palabra con la que se relaciona un poco a Polonia: los guetos y no es de extrañar pues, durante la Segunda Guerra Mundial, el régimen nazi estableció en Varsovia el gueto más grande de toda Europa, donde aproximadamente 450.000 judíos fueron hacinados dentro de un área que ocupaba el 4,5% de la extensión de la capital. La historia de los atropellos, la hambruna, las enfermedades y los diversos pesares que aquejaron a los judíos en aquel lugar solo pueden verse opacados con su posterior traslado a los campos de exterminio, donde otra vez Polonia cobra relevancia en la historia. Seis de los siete campos masivos de exterminio se encuentran en el actual territorio polaco, siendo el más conocido Auschwitz, donde se estima que más de un millón de personas perdieron su vida.

El Museo Polin, ubicado en el espacio que antiguamente formaba parte del gueto de Varsovia, hace un repaso maravilloso por la historia del pueblo judio en Polonia. Desde su llegada a esas tierras, su crecimiento y apogeo, que puede verse claramente plasmado en la reconstrucción de parte de uno de sus templos de oración o en la simulación de una calle exclusiva para judíos en Varsovia, que ofrece desde salas de baile, cine, tiendas de ropa y comida. Posterior a ello, sigue el periodo oscuro y la museografía se presta al relato de manera magnifica, pues la opresión, el sentimiento de agobio, la reducción de espacios y el abatimiento es palpable gracias a los muros cada vez más estrechos e irregulares, a la iluminación tenue y, claro está, a los relatos estremecedores que acompañan este recorrido.

Poco más se conoce de esta capital, o de este país en general. Un velo triste envuelve su amplia historia, pero parece centrarse solamente en este periodo y en la tragedia de los judíos. No obstante, esta maravillosa ciudad esconde mucho más. Es cierto que la ciudad tiene un aire moderno, pero exhala, al mismo tiempo, la vitalidad de un ave fénix que se ha reconstruido desde las cenizas mismas, pues de entre todas las ciudades que fueron destruidas en la guerra, Varsovia, es sin lugar a dudas, una de las que más sufrió las consecuencias. Su destrucción no se debió solamente a la ocupación nazi, la construcción de muros para demarcar el gueto o a los ataques rusos contra los alemanes que ocupaban esos terrenos. La destrucción casi total de Varsovia, fue una venganza que se realizó en respuesta al levantamiento de la ciudad, con el objetivo de dar una lección a todos los opositores del régimen nazi.

El Levantamiento de Varsovia de 1944 es uno de los episodios más heroicos y tristemente olvidados de la Segunda Guerra Mundial. La revuelta de la capital polaca se dio casi en el fin de la guerra, cuando el ejército rojo, los rusos, aguardaban del otro lado del rio Vistula la oportunidad de invadir Polonia. La figura no es clara, no se sabe si la facción roja hizo oídos sordos del auxilio de los polacos, o si nunca hubo una conexión entre estos dos bandos. Lo que si es cierto es que los miembros de la resistencia polaca, decidieron levantarse contra el abuso insoportable de la Alemania nazi. 40.000 personas, entre hombres, mujeres y niños se unieron a este alzamiento, juntaron un poco de armamento, creando de manera artesanal bombas y otras armas y usaron el sistema de alcantarillado de Varsovia para moverse entre las distintas zonas de la ciudad, entre tinieblas, aguas servidas e incertidumbre, sin embargo, las esperanzas de los polacos de una rápida victoria fueron negadas.

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Varsovia, 1944. El centro de la ciudad después de la venganza contra el levantamiento

Los alemanes, no conformes con la capitulación, decidieron acabar con Varsovia, Hitler sentenció a la capital con una frase que sus seguidores volverían realidad “Conviertan esa ciudad en un lago”. Más de 900 edificios históricos, 10.000 edificios, la Catedral, iglesias, bibliotecas, escuelas y universidades, fueron destruidas a base de lanzallamas, explosivos y bombardeos. Las pérdidas humanas son aún más impresionantes: cerca de 200.000 habitantes de Varsovia murieron en combate o fueron asesinados y como resultado de la venganza desmedida más de 550.000 personas abandonaron sus hogares. Este capitulo de la historia no se cuenta con frecuencia, pero forma parte de la memoria de una ciudad que cada 1° de agosto, a las 5 de la tarde, se detiene por completo y recuerda emocionada, con un minuto de silencio, a los valientes combatientes que intentaron liberar a Varsovia del cruel y desmedido abuso de los nazis.

A casi 80 años de aquel levantamiento, hoy en día Varsovia, ha levantado vuelo. Se dice que la destrucción que sufrió fue tan dura que se considero seriamente no reconstruir nada y empezar de cero. Afortunadamente, no se optó por esa decisión y aunque seguramente el esfuerzo fue duro, los resultados son excelentes. “Varsovia era el país del este” se puede leer con melancolía en las memorias de la gente que caminaron por sus calles antes de la invasión nazi. Su centro, sorprende, pues después de ver el nivel de destrucción al que fue sometido, deja sin aliento observar aquel maravilloso espacio lleno de colores intensos. La sirena, en su versión serena o en la combativa, memoria de otros tiempos, es el sello de este lugar, en el que quedan huellas de muchos momentos. Ahí esta un letrero que señala el inicio del gueto, pero también en pleno centro, rascando el cielo, se encuentra el Palacio de la Ciencia y la Cultura, un regalo que hicieron los soviéticos a la ciudad y que se mantiene presente, recordado los 48 años de ocupación rusa que vivió el país.

Si bien la historia de Polonia, más allá de la relacionada a la guerra, es desconocida, su comida es algo que la ignorancia ha privado a nuestros paladares. Debo admitir, que a pesar de que han pasado ya varias semanas desde mi visita, sigo pensando en los Pierogi, una pasta que se ofrece con variedad de rellenos: carne, papa y queso, col fermentada, cerdo con manzana, etc. y que es acompañada con un topping distinto según el contenido de la masa. Su tamaño es superior al de un ravioli y me animo a afirmar que su sabor también lo es. Otro plato que me dejó embrujada fueron los Bigos, una especie de guiso hecho con col fermentada, carne, salchichas y especias. Y aunque lo dulce no es mi fuerte, los Paczki, un tipo de dona rellena con una mermelada de rosas, que combina una masa suave con un relleno que no es extremadamente azucarado pero que posee el olor más increíble a unas rosas de ramo, es una combinación ganadora.

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Pierogi y Bigos

Mi amiga, Agata, ha sido sin lugar a la más mínima duda, la pieza clave para entender y amar a esta ciudad a la que espero poder regresar. Definitivamente no hay nada mejor que recorrer un nuevo lugar de la mano de quien ha crecido entre sus calles, pues las referencias no solamente se limitan a datos históricos, sino también a vivencias personales. Con ello se puede conocer no solamente lo que era Varsovia, sino lo que es hoy en día. Gracias a sus relatos descubrí una ciudad que pocas veces oí nombrar mientras estudiaba en la universidad y mucho menos en la escuela. Además, y no poco importante de mencionar, el idioma es algo sensacional, totalmente distinto a cualquier sonido latino, con una serie de reglas, declinaciones, letras especiales y sonidos que lo hacen fascinante.

Me indignó de sobremanera lo ingrato que puede ser el olvido, la manera en la cual se brinda tanta importancia a otras capitales europeas y se encierra en una nebulosa a otras, como esta, que poseen tanta belleza, tanta historia, tanta diversidad exquisita en su comida, en sus danzas, en sus trajes típicos llenos de colores, saltos, rondas y emociones. Sin embargo, me encantó conocerla y descubrirla maravillada desde casi lo desconocido, pues la imagen que hoy tengo no es aquella que te venden en un plan turístico o la que te cuentan los libros. Me pregunto, ¿cuántas ciudades más hay que viven apartadas del mundo turístico?, ¿qué tesoros nos estamos perdiendo yendo a ver lo que ya es mega conocido? Siento que mi La Paz es también una Varsovia, opacada por Buenos Aires, Lima o Bogotá y aunque es ingrato el olvido, espero de todo corazón que quien llegue a mi hoyada, siempre salga maravillada de conocer lo desconocido.

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