Viajar: una sencilla metamorfosis

VIAJAR

Con la mochila sobre los hombros y una pequeña maleta en la mano derecha, es como recuerdo una de mis más gratas aventuras: mi primer viaje sola. Mi destino era Machu Picchu, y aunque el recorrido tan sólo haya durado unos cuantos días, y para algunos pareciera un hecho sin mayor relevancia, puedo decir que, a partir de ese viaje, mis ideas no fueron las mismas.

Viajar es adentrarse en el vasto mundo de lo desconocido, sabiendo que, a pesar de ello, lo que espera frente a nuestra vista es un concierto lleno de aprendizajes, con cosas buenas y malas, pero que, sin duda, colman el alma. Al menos, así fue en mi caso, pues aprendí la importancia de caminar de manera independiente, de soltar algunos hilos y empezar a coser con mi propia hebra; entendí que no todo lo que está alrededor nuestro es bueno, que simplemente, es necesario reconstruir para vivir mejor, pero, muchas veces, nuestra educación (escasa) sumada a un instinto de dejadez, no nos permite crecer.

Desde ese viaje a tierras incaicas han pasado algunos años, he podido aventurarme a otros lugares, pero viajar sola tiene un componente mágico. Con ello, tuve la oportunidad de conocer a personas que transitan este mundo, con el mismo anhelo de perseguir nuevas formas de vida, mientras se adquiere no sólo novedosos conocimientos, sino también, se descubren maneras propias de ser que se desconocían. Lo que me recuerda a un cuento de Julio Cortázar, titulado: “El perseguidor”.

Cuando viajamos es necesario que lo hagamos con la mochila del viajero cronista, porque, sin duda, tan sólo describiendo y narrando lo que se vive, se puede uno permitir el lujo de llevar a los demás por la misma aventura, a través de la imaginación. Por eso, es necesario que más allá de decir: ¡Qué bonito es viajar!, cultivemos nuestro conocimiento para saber cómo actuar frente a aquello con lo que nos encontramos, y así, sacar mayor riqueza del viaje. Viajar debería ser una experiencia que nos lleve más allá de la cultura y de nuestras características simbólicas y folclóricas; que nos permita entender la política de otros países y los grados de burocracia e innovación que hacen que algunos estados sean más competitivos que otros; que nos abra a un mercado diferente de transacciones económicas y nos dé la posibilidad de expandir nuestros horizontes en la meca artística. Viajar tendría que ser el sinónimo de explorar.

Pero, si se habla de exploración, el acto de viajar lleva en su esencia el redescubrimiento del ser. Cuando nos alejamos de las costumbres, de esas paredes de la cotidianidad y de aquellos rostros conocidos, el botón de “reset” se activa y empieza otra aventura: el autodescubrimiento, que lleva consigo largas horas de libertad emocional, algunos insomnios, pero, sobre todo, momentos de lealtad hacia uno mismo, que parecen tan eternos como benditos. Reconstruirse implica crecer, ver desde distintos lentes y saber que en el mundo hay tantos universos como nacionalidades; es desde donde surge un empoderamiento de pensamientos, decisiones y acciones. Si como viajeros no estamos dispuestos a una metamorfosis, entonces, se comprenderá de qué está hecha la ceguera. Lo que me hace recuerdo al libro de José Saramago: “Ensayo sobre la ceguera”.  

Así es cómo entiende la vida alguien que ama viajar y busca fortalecer aquellos rasgos cognitivos y espirituales. Hay muchas formas de emprender el viaje, si dinero es lo que falta, es necesario comenzar a ahorrar, o, por el contrario, aventurarse a la naturaleza de las almas mochileras. El primer obstáculo puede encontrarse en nosotros mismos.            

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