Riuseñor

Por Fernanda Ibargüen Escóbar

Diseño de portada: Valeria Torrico

Miras el cielo a través de los barrotes, con tus ojos brillantes empapados de añoranza. Si pudieras llorar, no tengo dudas de que lo harías.

Nunca has volado, pero extrañas hacerlo.

Has pasado tu vida imaginando cómo se sentiría sentir el viento entre tus plumas, la sensación de una libertad con la que solo puedes soñar. Allí, atado al suelo por tu jaula dorada, en el balcón de aquella hermosa mansión.

Tus amos te enseñaron sus canciones. No sabes cantar lo que deseas, como hacen las demás aves que escuchas en los árboles del jardín.

Y las odias en silencio. Porque nacieron con suerte y no lo saben.

La ira se mezcla con tu tristeza y te consume lentamente. Los músculos agarrotados de unas alas jamás extendidas te torturan. Y detestas despertar en las mañanas solo para descubrir que sigues allí y que así será por el resto de tus días. Ya no cantas y eso molesta a tus amos. No puedes evitar desear que aquello sea suficiente para que te echen a los perros y acaben tu sufrimiento.

Es de noche. Todo cambia. La conoces. Habías oído de ella, no te interesaba mirarla demasiado, pero eso porque nunca la habías visto así.

Es el ser más hermoso que habita el cielo, eso todos lo saben.

Pero esta noche… esta noche, brilla más que cualquier otra noche. Etérea, enorme y redonda como una de las perlas del collar de tu ama. Indomesticable, salvaje y libre como ninguna otra criatura.

Te quedas muy quieto. Con temor de hacer un movimiento brusco y espantarla. La luna es volátil, todos lo saben.

Totalmente deslumbrado, logras articular:

Buenas noches…

La ves sonreír. Te sonríe a ti.

Te ha bendecido con una respuesta. No puedes creerlo.

Quisiera decirle… que luce espléndida esta noche —continuas, con el corazón en la boca.

La ves sonrojarse.

¡Perdone…! —exclamas, repentinamente avergonzado— no quise ser atrevido… solo…

No sabes qué decir. Suspiras, intentando calmarte.

La sientes reír. Y el mundo se vuelve un lugar precioso.

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Tus días son diferentes. Cada amanecer significa que estas a solo una docena de horas de verla otra vez. No duermes de noche, conversando con ella. Es graciosa, inteligente y sabe consolarte cuando tienes un día especialmente malo.

Vuelves a cantar. Cantas como nunca lo habías hecho. Las canciones de los demás pájaros empalidecen frente a tus increíbles melodías. Cuando cantas, se callan, escuchándote con fascinación.

Tus canciones son tan resplandecientes que tus amos ni siquiera notan que no son las que te enseñaron.

Pero no saben que cantas con aun más delicadeza cuando es de noche y la luna se asoma por el horizonte.

Pero no todo es perfecto. Apenas se nota, pero cada día, la luna está más delgada. Te preocupa inmensamente, pero no te atreves a preguntar porque temes su respuesta. ¿Se siente bien? ¿Está enferma?

Las noches siguen pasando y la luna no para de adelgazar, esta pálida, apagada. Te mortifica. ¿Qué está sucediendo? Ella te ve consumirte en miedo, pero prefiere callar. También está triste.

Es apenas una fracción de lo que era cuando te lo dice. Va a desaparecer.

Quisieras poder llorar, quisieras poder gritar. Quisieras poder encontrar una manera de expresar el dolor que te destroza por dentro. Pero no puedes. Solo puedes quedarte muy quieto y sentirte morir.

Ella intenta consolarte, pero apenas puede con su voz moribunda. Te dice que el mes siguiente habrá una nueva luna y que no se molestará si te enamoras de ella. Te dice que solo quiere que seas feliz.

No quieres mirarla la noche siguiente. Desearías nunca haberla conocido y se lo gritas mientras le das la espalda. Ella llora, pero tu ni siquiera puedes sentirte triste por ello. La parte de ti que sentía ha muerto… O eso creías.

La noche maldita llega. Intentas ignorarla con todas tus fuerzas, pero cuando las horas pasan no puedes detenerte. Finalmente volteas hacia ella con brusquedad y estiras tus alas aleteando por primera vez. Desesperado. Frenético. Aun cuando sabes que estás en una jaula y tus alas se lastiman chocando contra esta.

Chillas pidiéndole que no te deje.

El dolor te da una fuerza con la que solo habías podido soñar y, sin desearlo, desequilibras la jaula, que se cae del balcón.

Te crees muerto. Tirado en la tierra, rodeado de los pedazos de una jaula rota. Pero no has muerto. Lentamente, te pones de pie. Todo te duele, pero sabes que tu cuerpo maltrecho está bien. Tardas en darte cuenta. Estás libre. Libre de verdad.

Incrédulo, estiras tus alas. No crees poder moverlas, pero las mueves. No crees que puedan levantar tu cuerpo, pero lo hacen.

Estás volando.

Miras al cielo. Está amaneciendo. Y de la luna que amas solo queda una frágil sonrisa.

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