¿Qué se puede exponer en un museo?

Polémica. Esa es la palabra que usamos cotidianamente para referirnos a una discusión por la defensa de opiniones contrarias, y que se ejemplifica claramente con lo ocurrido en torno a la presentación de la muestra “Revolución Orgullo” del colectivo La Pesada Subversiva, en el museo Altillo Beni de la ciudad de Santa Cruz. Los pormenores de este acontecimiento ya han sido cubiertos por diversos medios de comunicación, columnistas de opinión, justicieros sociales, influencers y personas cotidianas que expresaron sus acuerdos y desacuerdos. En sí, todo se resume a la ya conocida disputa entre la sociedad conservadora y la progresista (la verdad no estoy plenamente de acuerdo con estas dos denominaciones, pero las uso solamente con fines prácticos).

Este tipo de disputas son relativamente comunes hoy en día. Por un lado, los defensores de lo que podría llamarse “tradicional”, de la familia, de las buenas costumbres, del diseño original, de los niños, de la iglesia y la religiosidad, de la vida, etc.; mientras que, por el otro, los defensores de la libertad de expresión, de la igualdad de derechos, de la diversidad, de la crítica, de lo subversivo, de la laicidad del Estado, del aborto, y así.

No obstante, de los diversos argumentos manifestados en torno a la colisión de opiniones sobre lo acontecido en Santa Cruz, hay uno que particularmente llama la atención y difiere del resto. Y es que muchas personas, además de intentar restar derechos fundamentales a la población LGBTIQ+, indicaban que un museo como el Altillo Beni, una institución pública que opera con recursos municipales derivados de los impuestos de la población, no puede prestarse para ese tipo de exposiciones, ya que solamente dan visibilidad a un grupo específico, incitan al morbo, y que lo que debería hacer es proponer muestras para todo público, que rescaten la historia de la ciudad, sus costumbres y tradiciones, entre otras cosas. Es más, algunos otros afirmaban que los museos no son sitios donde deban exponerse este tipo de manifestaciones (en referencia a ciertas fotografías y símbolos de la muestra), sino que deben mostrar obras de arte, objetos históricos, muestras científicas y similares.

Dicho esto, vale la pena cuestionarnos ¿Existen diferencias entre lo que se puede exponer en un museo público vs. uno privado? Y sobre todo ¿hay cosas que se pueden y otras que no se pueden exponer en un museo?

Algunas de las voces contrarias a la muestra “Revolución Orgullo”, indicaban que esa exposición podía haberse realizado tranquilamente en un museo o sala de exposición privada, pero que, al tratarse de un espacio público, entonces no era aceptable. Luego, se aludían motivos como que se pagaba con impuestos de la gente, y el clásico “no nos representa”; pero basta ir a cualquier museo público de Bolivia para ver cómo el contenido de las exposiciones no representa en su totalidad (o al menos no directamente) a todas las personas del país.

De esta manera, decenas de repositorios contienen muestras que no reflejan el vivir y sentir de muchos segmentos de la población (muestras de culturas específicas, como Urus o Ayoreos solo por dar un ejemplo) pero que, sin embargo, son válidas en tanto son valiosas para al menos un sector de la sociedad boliviana, y, por lo tanto, pueden realizarse o apoyarse con fondos gubernamentales. Por tanto, mientras un segmento de la población necesite un espacio gestionado por algún nivel gubernamental (en este caso, un museo) para así mostrar su cultura, pensamiento, costumbres, luchas sociales, etc.; entonces es válido que una institución del Estado se involucre, gestione y financie este tipo de eventos. Mientras no se incite al odio o a la violencia, mientras el mensaje no reste derechos ni restrinja libertades, un museo público tiene el poder y deber de albergar las temáticas y exposiciones que la población demande y necesite, independientemente incluso de su línea política, religiosa e ideológica.

Ahora bien, es importante entender que hay notables diferencias entre la exposición “Revolución Orgullo” y otras muestras con temática o contenido LGBTIQ+. Se me viene a la mente algunos performances y exposiciones temporales realizados en el Museo Nacional de Etnografía y Folklore, o la exposición “Banquete LGTB” realizada hace ya algunos años y que contó con obras de varios artistas renombrados, entre ellos, Roberto Valcárcel; sin embargo, no recuerdo que ninguna de ellas haya habido tanta polémica como la suscitada ahora. A nivel comparativo entonces, conviene más bien pensar en el mural pintado por Mujeres Creando allá en el 2016 como parte de la Bienal Siart en uno de los muros externos del Museo Nacional de Arte, y que desencadenó el repudio de ciertos segmentos de la población. Años más tarde, una obra similar fue expuesta en Ecuador por parte del mismo colectivo, el “Milagroso Altar Blasfemo”, la cual también fue censurada y repudiada por muchos.

Entonces, pareciera que hay ciertos temas, o más bien, ciertas formas de abordar dichas temáticas, que son bien vistas y que no desencadenan polémica ni escándalo. Mientras se hable de comunidad LGTBIQ+ en un tono discreto, mientras expongas sobre feminismo, aborto, feminicidio, violencia doméstica y otros temas sensibles con delicadeza, sutileza y sin incomodar a la gente, todo estará bien. ¿Y a qué se debe esto? Pues que, al igual que muchos museos siguen operando bajo la lógica tradicional de institución científica única conocedora de la verdad, que dictamina lo que es o no una obra de arte, lo que se debe o no exponer y que debe resguardar sus objetos como si se tratara de un templo con elementos sagrados; cierto público se ha encasillado dentro de esa misma corriente, y ve a estos espacios solamente como sitios de belleza, cuyo objetivo es mostrar lo más bonito, lo más representativo, lo más turístico, lo más curioso y fascinante.

Tristemente, a esos museos y a esas personas, no se les ha enseñado que estos espacios no son solamente escaparates de cosas lindas, sino que tienen una función social que va más allá de la complementación de la currícula educativa o del simple entretenimiento familiar un fin de semana (si es que esa gente siquiera acude a los museos para eso).  

Y es que, si la pregunta es ¿qué se puede exponer en un museo?, la respuesta es prácticamente todo. Así como existen museos de temas tabú como la prostitución, el sexo, la tortura, entre otros, también existen aquellos que paralelamente a la temática que los caracteriza, tienen el potencial de aportar al crecimiento de su sociedad.

Para ello, un museo debe exponer revolución, cambio, provocación, disrupción, rebeldía, crítica, incomodidad y todo lo que pueda imaginarse en el marco del respeto a las libertades y derechos fundamentales, pero sin caer en la censura o suavización de mensajes que, nos guste o no, son fundamentales para la sociedad hoy en día. Aquellos espacios más creativos, incluso se darán formas de exponer sobre temas relevantes, usando piezas que tradicionalmente formaban parte de esos “museos colección”.

Y no, exponer un escudo con la bandera de las diversidades o concienciar acerca del abuso sexual infantil con un dibujo de una niña embarazada, no es una falta de respeto, no es morbo, sino que es una forma de llegar a la gente, una manera de hacernos bajar de nuestra nube de cotidianidad para caer en la realidad, una realidad que requiere atención, una realidad que no requiere ser censurada ni suavizada, sino que está ahí fuera, llena de cosas trágicas, injustas y dolorosas, pero también de diversidades mágicas, cautivantes y maravillosas.

Un aplauso para el Museo Altillo Beni, para La Pesada Subversiva, para la muestra “Revolución Orgullo” y para la comunidad LGBTIQ+, por animarse a ser lo que todos los museos deberían ser: relevantes para la sociedad.

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