Pastel de Carne

Por Claudia Escobar

Diseño de portada: Valeria Torrico

El departamento era pequeño. Apenas cabían algunos muebles, pero lo que nunca faltaba era el café a media mañana.

Sentados uno frente al otro, Martina y Juan comentaban sobre el clima y lo sofocante que sería encender el horno en esas circunstancias. La pareja se había casado hace un año y al verse sin trabajo decidieron emprender un negocio gastronómico, uno relacionado con la venta de pasteles de carne. A Martina le iba muy bien en la cocina, mientras que Juan intentaba congraciarse administrando las ganancias.

—Esta semana nuestra ganancia fue de 2000 pesos. Tenemos que acelerar la producción. Si en un mes ahorramos más de lo que imaginábamos, nos iremos a los “United”, como tanto soñamos —comentó Juan, con esa sonrisa que parecía confabular haciendo resaltar que le faltaba una pieza dental, específicamente un canino.

—Sí, pero, ¿qué hacemos? Si la carne es lo más difícil de conseguir. Tú estás tranquilo, no hay quién te incomode. Como yo he sido la única que hasta el momento se ha partido el lomo buscando Dios sabe qué tipo de carne… — se lamentaba Martina, limpiándose la boca con su delantal de margaritas.

—Tranquila mujer, con lo que tenemos llegamos al mes. Fui al corral… Nuestras crías están bien alimentadas. Las he contado y, si los cálculos no me fallan, nos da para un mes sin preocuparnos de nada.

—Eso espero, Juan. Si no, a vos te voy a hacer limpiar toda la ciudad — dijo Martina. Tomó un sorbo del café recién preparado, cuyo aroma contrastaba con el cálido día. — Oye, y a todo esto, el niño seguro ya está despierto y debe querer desayunar. Tráelo. — añadió.

Sin dar vueltas ni poner excusas, Juan fue al dormitorio en el que dormía el niño. A un costado de la habitación y sobre un catre desvencijado, se encontraba Roberto, quien, al escuchar la voz de Juan, de un brinco a medias se levantó para abrazarlo. El niño parecía rondar los ocho años y se notaba que estaba muy bien alimentado, incluso, se diría que tenía sobrepeso.

—¿Cómo dormiste amiguito? — le dijo Juan al abrazarlo.

—Muy bien señor. Gracias por todo — contestó Roberto, mientras aún limpiaba sus lagañas.

—Bueno, levántate. Es hora de desayunar.

Juntos se dirigieron hasta la mesa con tres sillas donde se encontraba Martina. Terminaba de calentar un suculento plato para Roberto.

Parecía que el negocio andaba bien, pues bastaba ver el tipo de desayuno que la mujer acababa de servirle al pequeño regordete: tres chorizos, una porción envidiable de huevo revuelto, frijoles, dos lenguas de tocino, un recipiente a punto de rebalsar con leche con cereal y un vaso de jugo de mandarina. Un desayuno de dioses que contrastaba terriblemente con la pocilga en la que vivían.

—No deberías darle tanta mierda al niño… sería mejor si se alimentara nutritivamente.

—No te metas en la clase de alimentación que le doy. ¿No lo ves? Está bien alimentado. ¿Acaso no es lo que queremos?

—Sí, pero me da miedo que estalle. ¿Luego qué haremos? Tanto esfuerzo para nada.

—A la gente le gusta así y lo sabes. ¿No es cierto, Robertito? -se dirigió Martina al niño, mientras le sobaba la cabeza.

—A mí me gusta comer todo lo que me dan -contestó el pequeño, concentrado en su comida.

—Si a él le gusta, a nosotros también nos gusta, Juan. Mientras más rápido lo llenemos, más felices seremos.

—Sí mujer, pero qué pasa si luego no le gusta a la gente… los clientes se van a quejar de que hay mucha grasa, de que ya no es como antes. Todo va a depender de cómo se trate al producto.

—¡Quién es la que cocina aquí! ¿Tú o yo?

—Tú.

—Entonces, deja al leñador con su leña en paz—. Y, nuevamente, dirigiéndose al niño, dijo — No olvides terminar todo, Robertito, luego puedes ir a dormir, seguramente tienes sueño todavía.

—Sí, señora. La verdad nunca dormí ni comí tan bien como en estos meses. Estoy muy feliz de que me haya traído a su casa. La calle es muy fea y los mayores siempre se aprovechan de los pequeños.

—No tienes que decir nada, Robertito, este es tu hogar. Además, estamos muy felices de tenerte, nos llenas de mucha ilusión — contestó Martina, que después de mucho tiempo esbozó una sonrisa.

—Bueno, mujer, basta de zalamería. ¿Para cuándo crees tener listo a Roberto?

—Al paso que vamos, yo diría que en dos días.

—¡Perfecto! Entonces, voy al mercado a decirles que nos guarden los otros productos. Espero que el pastel no te quede con mucha grasa, ¿eh?

­—¿Te sientes bien, campeón? ¿No te duele nada? ¿No has estado triste por alguna razón? — preguntó Juan.

—No, señor, estoy muy feliz — contestó Roberto, con la comida todavía en la boca. Sin saber de qué hablaban los mayores, y tan sólo obedeciendo cuando uno de ellos se dirigía a él.

­—Bueno, pues… cuídalo, mujer. Ya sabes que la carne tensa no es muy digerible.

—Sí, sí, ya relájate un poquito, que, si eso pasa, yo sé cómo ablandarla. Más bien, ve a ver cómo están los demás.

—Sí, mujer, ya me voy al corral. A ver a cuál traigo luego — respondió Juan, tomando su chaqueta y mandando un beso con la mano a su mujer desde la puerta.

—¿Robertito? — preguntó Martina, con esa sonrisa que minutos atrás en su rostro ya se dibujaba. 

—¿Sí, seño?

—Siento que harás muy feliz a mucha gente.

—Usted es muy buena, seño. No sé qué estaría haciendo ahora. Quisiera tanto que usted y el señor Juan fueran mis padres. Muchas gracias por todo.

—No tienes nada qué agradecer, Robertito — dijo Martina, mientras se relamía una y otra vez los labios.

Veía ansiosa cómo el pequeño inundaba su boca de placer. — En un par de días seremos muy felices todos — comentó, y terminó abrazándolo.

Días después, los comensales disfrutaban de un suculento pastel de carne, blando y bien sazonado.

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