Luján, el jugador de Bolívar olvidado en un albergue

Aquí todos son ancianos sin importar qué fueron antes. Aquí poco importa quiénes fueron, qué cosas hicieron o a quiénes amaron. Todos toman el té a la misma hora y comen el mismo plato de sopa sentados alrededor de la misma mesa larga que está afuera de las habitaciones.

Por eso nadie sabía que aquí, en este albergue cruceño, está desde hace dos meses el hombre que vio en primer plano el gol de chilena del rey del fútbol en el Estadio Hernando Siles, en enero del 71. Nadie unió las piezas para concluir que ese hombre con acento paraguayo era Eliodoro Luján, el centro delantero que vino a Bolivia por un año y no se fue nunca más.


Gol de chilena de Pelé, a su lado Eliodoro Luján (1971)/Archivo

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El titular de una publicación periodística está grabado en su memoria. Lo repite como un mantra y lo presume como un premio. “Luján llegó, jugó y salió campeón”. Lo dice lento, como saboreando cada sílaba y hace énfasis con las manos, para que no queden dudas de que se trató de un titular y no de un texto cualquiera.

Luján. Eliodoro Luján, nació el martes 3 de julio de 1945 en Asunción, Paraguay. Hijo de un maquinista que operaba el tranvía en la capital y de una ama de casa que se hizo cargo de la crianza de seis hijos, uno de ellos, el mayor, le salió futbolista.

-Mis hermanos quisieron seguirme el paso intentando jugar fútbol pero no pudieron. Es que no es fácil. El fútbol no es un oficio, es un arte.

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Luján llegó a Bolivia el 18 de septiembre de 1969, luego de las gestiones de Antonio Arenas, un empresario paraguayo que lo ofreció al Club Bolívar y que murió antes de verlo en la gloria. Ocho días después de que Luján pisó por primera vez suelo boliviano, Arenas falleció junto a otras 73 personas en un horrendo accidente aéreo en el que murieron todos los jugadores y el cuerpo técnico de The Strongest. El hecho se conoce como la tragedia de Viloco y es recordado como uno de los peores desastres de la aviación en Bolivia.

-Días antes hablé con él, estaba en Santa Cruz y me repetía: No vas a firmar nada hasta que llegue. Después tuve que ir a reconocer su cuerpo.

El cabello de Luján, igual que la barba, es blanco grisáceo. Todos sus pelos están desteñidos por el tiempo, excepto sus cejas que conservan la oscuridad de otra época. No tiene arrugas, sólo profundos surcos nasolabiales que endurecen su rostro. Su sonrisa es deficitaria de los dientes delanteros y sus ojos azules lagrimean sin poder controlarlo.

-Yo era muy andariego. Lo mejor que tenía era mi dentadura pero tuve un accidente en coche. Estábamos borrachos. Yo no manejaba pero iba al lado del conductor. Salíamos de un cumpleaños y ahí fue todo. Estuve seis meses en el hospital. Desde entonces no tengo dientes y me falla el lagrimal.

El acento paraguayo no se le ha perdido pese a que no volvió nunca más a radicar en su tierra. En Bolivia se casó con la tarijeña Lidia Deranja y tuvieron tres hijos. Hoy sólo recuerda el nombre de dos de ellos y admite que dejó de verlos cuando eran niños. Tras el divorcio, Lidia y los hijos se fueron a vivir a Estados Unidos. Hace tanto tiempo de aquello que él no recuerda cuándo fue pero lo sigue contando con dolor.

Luján no encaró el rol de la crianza de sus hijos y quizás por eso, hoy está condenado al abandono.

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Fue hace pocos meses que Renán Lugones, hijo de un exdirigente de Bolívar, vio a Eliodoro Luján en el asilo. Entonces supo que no era la primera vez que frecuentaba esa cara. La había visto antes en los recortes de periódicos que con afán atesoraba. Fue en la época del “poderoso Bolívar”, el equipo imbatible que sólo perdió ante Santos de Pelé, el rey del fútbol brasileño.

El nombre de aquel rostro reencontrado no se le vino de inmediato pero cuando escuchó el acento, Lugones dijo sin titubeos y a tono de sentencia: “Usted es Eliodoro Luján, el paraguayo que vino a Bolívar y además jugó en The Strongest, Oriente Petrolero y Always Ready”.

Eliodoro Luján (círculo) cuando integró el plantel de Oriente Petrolero/ Archivo Julio Mamani Ticona

Ese episodio sacó a Luján del anonimato y provocó que quienes administran el albergue donde hoy se queda el exjugador, se animen a solicitar ayuda ante la prensa.

-Hay noches en las que no duerme. Camina por el albergue en medio de la oscuridad y tiene una hernia inguinal que precisa ser atendida de emergencia. Necesitamos que lo vea algún médico, nosotros no tenemos posibilidades de llevarlo al hospital, dice Carmen Vaca, administradora del albergue “Dios nos ilumina”. Esta es una iniciativa que tiene 22 años y acoge a 26 ancianos sin apoyo estatal.

La hernia de Luján es inocultable. Marca un desequilibrio en la zona de la ingle haciendo que el pantalón parezca mal confeccionado. Él parece no incomodarse y afirma sin sustento, que es “un hombre que nunca se enferma”.

El 19 de octubre de 2021, Luján fue dejado en el albergue por una mujer que prometió volver y nunca lo hizo. Dejó un número de celular para ser contactada; pero el teléfono siempre suena apagado. Luján está indocumentado y no tiene más que un par de prendas de vestir y un sombrero.

-Necesitamos que por lo menos tenga documentos. ¿Qué vamos a hacer si le pasa algo? Hay días en los que no se levanta de la cama y no quiere comer. No sabemos si es de tristeza o es que está demasiado enfermo.

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La soledad y las carencias económicas eran evidentes en él hace al menos 20 años, apunta Juan Carlos Lijerón, exalumno de la escuela de divisiones inferiores del Club Blooming. Los zapatos viejos, la falta de dientes y la ausencia de familia lo delataban.

-Yo lo conocí el 2002 cuando iba a la escuela donde él daba clases. No fue mi profesor, pero ahí lo vi la primera vez. Años más tarde lo encontré en el velorio de mi tío, Ismael Purificación Benegas, quien también fue jugador paraguayo y compartió la cancha con él. Desde entonces nos veíamos cada cabo de año hasta que de pronto dejó de ir.

Lijerón vio el anuncio del paradero de Luján en Facebook y quedó sorprendido. Le había perdido el rastro hacía varios años.

-Él no tenía los recursos económicos por eso iba a comer a la casa de mi tía cualquier día. Nunca faltaba al cementerio el 2 de noviembre a la tumba de quien fue su amigo. También iba a la Mutual de exjugadores frecuentemente, pero de un tiempo a otro desapareció. Nadie sabía dónde estaba o si seguía vivo.

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Eliodoro camina lento y se dirige a la puerta del albergue varias veces al día. Quiere irse aunque no sabe a dónde. No hay nadie al otro lado de la puerta esperándole. El lugar de acogida permite la salida de los ancianos, siempre y cuando estén lúcidos. No es su caso.

Cuando se le pregunta qué es lo que añora, responde sin titubeos: “Ver familia y tomar tereré”. Mientras tanto, espera sentado en la vieja silla del albergue, como quien espera un segundo tiempo para poder entrar a la cancha.

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