“Las niñas” y su trazo en la realidad femenina

Cuando las limitantes nos inquietan un mundo afuera nos espera, para dejarnos ser o para hacernos presas de nuestras propias dudas. Desde esta incertidumbre las ideas serpentean transformándose en fotogramas, dando voz a las líneas de un guion y convirtiéndonos en cómplices de la obra. Quizá en el meollo de todo esto se encuentre nuestra revolución, atizada por los sentimientos que atingen a los personajes.    

Y así seguiría escribiendo sin límite de espacio, pues si debo hablar de una de las pocas películas que en los últimos años me ha orillado al porvenir de la nostalgia, me sobrarían los adjetivos calificativos para honrarla. Esta vez no me queda duda, y si debo comentar sobre el horizonte más allá del filme, que sean “Las niñas” las que lleven la ventaja.

“Las niñas”, película española dirigida por Pilar Palomero, y que orgullosamente se digna en tener como directora de fotografía a la boliviana Daniela Cajías, quien a través de esta obra se ha convertido en la primera mujer que gana un Goya en dirección fotográfica, narra la cotidianidad de Celia, la hija de una madre soltera, que enfrentada a los dilemas morales, promulgados desde una educación conservadora, y a las nuevas estructuras de una vida lejana a la censura, intenta construir un diálogo consigo misma, en el que diversos elementos confluyen irrumpiendo la linealidad de su idea de la reflexión. La sororidad, la necesidad de cuestionarse, la valentía para enfrentarse, la amistad y los lazos frente a los prejuicios sociales, son algunos de los conceptos que se manejan dentro del argumento, y que inmediatamente, nos llevan a preguntarnos si es que acaso no somos parte de aquel universo de fotogramas al que aplaudimos y vemos de manera tácita.

Ver este filme ha sido un llamado de atención a mi necesidad de correlación conmigo misma y el universo, a hallarme entre los márgenes y fuera de ellos y a inquietarme por aquellos porqués que no han sucumbido todavía a una explicación. No me cabe duda de lo que hace una película, al igual que un libro, una canción o una fotografía, cuando intentando encontrar las respuestas nos sumergimos más en un mundo que se caracteriza por su clandestinidad: estereotipos consensuados, religiones abstractas, amores sometidos, ideales quebrantados, verdades corrompidas, silencios indiscriminados, y más. Por ello mi necesidad de hablar sobre una película que traza con sinceridad las variables que componen a esta sociedad.

Durante las últimos meses nos hemos empapado de noticias de grueso calibre, quizá hasta amarillistas, pero que no hacen más que someternos a la verdad, a una en la que un preso tiene la facilidad de chantajear a una menor, aun estando en la cárcel; en la que un hombre con problemas mentales se siente poderoso por haber propiciado la muerte de muchachas inocentes, y a pesar de ello, reclama su libertad; en la que una mujer golpea las puertas de los ministerios y las instituciones del “orden” para demostrar que quienes van a trabajar sólo están ahí para calentar el asiento; en la que una madre en el primer día de clases lleva a su hijo al colegio vestida de una manera que no debería reprocharse, pero que, incluso las mismas mujeres castigan; y así nos rodeamos de muchas noticias más, con un común denominador: la mujer, víctima o carcelaria, pero que desde estas dos aristas es el plano central de una problemática.

La mujer estereotipada, la mujer avasallada, la sometida y la callada, y al otro lado, la que se enciende y a la que critican, la que sin tapujos saca la lengua en señal de rebeldía, la que no se queda sentada, sino, camina cuadras inquietando al tráfico y la rutina. Están estos dos tipos de mujeres construidas y deconstruidas, acogidas y apartadas, que me llevan a plantearme nuevamente la idea de que un fotograma es la viva expresión de nuestra realidad, de la idiosincrasia y de aquellas ilusiones adversas a lo político y socialmente correcto. 

Por eso es que no se me hace difuso entender el por qué Pilar Palomero llevó a la pantalla grande un paradigma que en estos días debería estar resuelto, pero no es así. El guion nos permite sopesar los conflictos internos propios hasta alcanzar un juicio autónomo; y es que pasar de un silencio enclavado a un empoderamiento a viva voz no es fácil, mucho menos cuando alrededor se imponen los muros del sometimiento, la violencia y la opresión, que parecerían no estar más, pero que, a través de las noticias, nos damos cuenta de que aún persisten, tal vez no como en años anteriores, pero todavía están presentes. Y es así cómo la realidad sujeta a la trama nos permite introducirnos en la vida de una niña de once años, que educada en un colegio de monjas, en una época no muy lejana, en la que todavía se separaba a las niñas de los niños y donde se obligaba a memorizar oraciones y canciones a Jesucristo, ansía comprender cuál de las dos realidades que la interpelan es la ideal.

Lo que nuevamente nos lleva a preguntarnos si en el actual contexto no estamos sometidos a una realidad dual, en la que pensamos tener todo claramente establecido, pero en el fondo, poseemos escasas certezas de lo que conocemos. Probablemente vaya por ahí nuestro giro argumental, en el momento en el que nuestras decisiones son causa de algo más y no de nosotros mismos.  

Y así es cómo la película nos interpela, sobre todo cuando se ha nacido mujer. Con la elegancia de aquellos primeros planos que generan un compás de ansiedad, nosotros, observadores, desarmamos las piezas del filme haciéndolas nuestras, sometiendo la ficción a la verdad y aprisionándola contra nuestra pupila.    

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