La moneda

Por Gonzalo Díaz

Diseño de portada: Valeria Torrico

Arturo soñó que se lanzaba de un cerro. Caía por un abismo hasta que empezaba a volar sobre una ciudad que no conocía. Era un sueño que tenía desde que era niño. No le agradaba.

¿Quieres ir a Bolivia por unos días?, escribió por WhatsApp a su novia Martina.

            Claro que sí. ¿Cuándo?

            Cuando acabe mi turno. Arturo cumplía su turno de trabajo en el puesto fronterizo de Colchane. Trabajaba en el área de sistemas de la PDI.

            ¿En dos semanas?

Sí. Podemos viajar por una o dos semanas.

Me parece una buena idea. Voy a pedir vacaciones en mi oficina. Estoy harta. Quiero despejarme del trabajo.

            Dos semanas después, Martina condujo desde Antofagasta a Colchane. El viaje le tomó casi ocho horas. No era la primera vez que lo hacía. Llegó al puesto fronterizo alrededor de las siete de la noche. Esa noche cenaron pollo frito, que Martina compró antes de partir.

            Al día siguiente se levantaron temprano. Desayunaron. Creían que serían los primeros en hacer los trámites de migración para salir de Chile e ingresar a Bolivia. No fue así. Los pasajeros de una flota procedente de Iquique que llegó en la madrugada estaban antes.

            Hicieron migración. Cuando estaban a punto de partir escucharon reclamos de los pasajeros de la flota de Iquique. Anastasia, que era funcionaria de la PDI, pasó junto a Arturo y Martina empujando a una persona de alrededor de 25 años de edad. Sorprendí a este señor orinando en una esquina, en la calle, dijo cuándo vio a Arturo.

Tendrá que limpiar el baño como sanción. Debe hacer trabajo comunitario para resarcir su falta. Si quiere orinar en vía pública ¿por qué no se aguanta y lo hace en su país? Estamos a pocos metros de Pisiga. Aquí en Chile no hacemos eso, le dijo al joven. ¡Apúrese, el resto de los pasajeros está esperando!

Ustedes son muy abusivos, gritó un hombre que iba en la misma flota del joven, que ya había comenzado a limpiar el baño. Algún día recuperaremos el mar y ya no nos tratarán así.

Señor, sólo los animales hacen sus necesidades en la calle, son normas básicas, respondió Anastasia.

Me alegro que lo castiguen, gente como él hace quedar mal a todos los bolivianos, comentó Alexis, que también iba en la flota. A todos nos perjudica, yo tengo que tomar otra flota de Oruro para ir a Potosí y a Sucre. Por su culpa voy a llegar muy tarde.

Arturo iba a conducir. Martina estaba sentada en el asiento del acompañante. ¿Escuchaste?, ese joven va a Potosí. ¿Qué tal si le pregunto si quiere ir con nosotros? Es mejor si vamos con alguien que conoce el camino.

Sí, pregúntale, respondió Martina.

Arturo bajó del vehículo. Se dirigió al grupo de pasajeros de la flota detenida. ¿Dijiste que tú vas a Sucre?, preguntó a Alexis.

Sí, primero voy a Oruro, luego a Potosí y después a Sucre, respondió algo sorprendido por la pregunta. Por culpa de ese cochino de mierda llegaré muy tarde.

¿Quieres ir con nosotros?, preguntó Arturo. Nosotros vamos a Potosí.

Ja ja ja, no los conozco. Gracias, pero prefiero continuar en la flota.

Tu flota partirá en una hora, por lo menos. Yo trabajo aquí, en el puesto fronterizo.  Estamos a punto de partir. Sólo queremos ir con alguien que conozca el camino. Incluso te puedo devolver lo que pagaste por el pasaje en flota. Le mostró su credencial de la PDI.

¿En serio? ¿No es una broma?

Claro que no, dijo Martina, que se había acercado.

Alexis vio la flota detenida y miró en dirección del baño, que aún era limpiado por el joven sancionado. Bueno, me iré con ustedes, dijo. Voy a pedir mis maletas.

Perfecto, allá está el auto. Te esperamos, dijo Arturo.

Alexis volvió con dos maletas grandes. Arturo abrió la puerta trasera de la vagoneta de Martina. Era una Nissan Patrol modelo 94 perfectamente conservada. Puedes poner tus cosas aquí, dijo, después de arrinconar el equipaje. Partieron. Tardaron menos de cuarenta minutos en hacer los trámites de ingreso a Bolivia en el puesto migratorio de Pisiga y comenzaron el viaje.

¿Van por algún motivo especial a Potosí?, preguntó Alexis.

Yo nací en Potosí, respondió Arturo. Hace más de 30 años que no vuelvo. Siempre quise hacerlo, pero no había oportunidad.

Qué coincidencia, yo también soy de Potosí, pero vivo en Sucre. Qué gracioso que justo nos hayamos conocido hoy, que es primero de abril.

¿Qué tiene de especial esta fecha?, preguntó Martina.

Hoy se celebra la fundación de Potosí.

Vaya, vaya, ¡qué casualidad!, dijo Martina.

No tenía ni idea, dijo Arturo. Yo abandoné la ciudad muy pequeño. Recuerdo muy poco de ella, casi nada.

¿Creen en las casualidades?, preguntó Alexis.

Yo sí, dijo Martina. Muchas veces ocurren, como ahora.

Yo también, dijo Arturo.

Yo no tanto, sólo debe ser una coincidencia que nos hayamos encontrado.

A veces pasan cosas muy extrañas, dijo Arturo. Hace un tiempo vi un documental en Netflix sobre Bill Gates.

Es muy bueno, yo también lo vi, dijo Alexis.

¿Recuerdas la escena en la que Gates lleva muchos libros en una bolsa de tela?

Creo que sí. No recuerdo muy bien.

Yo alcancé a leer el título de uno de los libros que llevaba. Decía Bad Blood. Estaba seguro que era la novela en la que se basaron para filmar Rambo. Viste la película, ¿verdad?

Claro que sí, dijo Alexis. No debe existir nadie que no haya visto Rambo, al menos de nuestra generación.

Pensé que era extraño que una persona como Bill Gates leyera una novela de acción. Unas semanas después, vi el mismo libro en una librería. Lo reconocí al instante. Lo revisé. No se trataba de la novela de Rambo, que en realidad titula First Blood, sino de otro libro muy diferente. Ni siquiera era una novela. Era una investigación de un periodista llamado John Carreyrou sobre una startup de Sillicon Valley, que llegó a cotizar billones de dólares, pero que en realidad fue pura especulación. Esos días yo quería fundar una startup con un grupo de amigos y por eso compré el libro. Inmediatamente comencé a leerlo. Llegué a la parte donde hablaba sobre las startup unicornio. Decía que ese concepto se creó en un artículo que se publicó en Estados Unidos un 2 de noviembre. Y adivinen qué fecha era cuando lo leí. Era la misma fecha, 2 de noviembre. En ese momento sentí que varios factores se concatenaron para que yo leyera esa página justo ese día.

¡Increíble!, respondió Alexis. Ahora que lo dices, a mí me pasó algo similar cuando leí un libro titulado Los filósofos de Hitler de una historiadora, no recuerdo qué se llamaba. Ahorita te digo. Sacó su celular y buscó en Google. Era de Yvonne Sherratt, dijo. En una parte del libro decía que Hitler salió de prisión el 20 de diciembre de 1924. Cuando lo leí, también era 20 de diciembre. Yo creo que sólo fue una coincidencia, no había factores concatenados. Como les digo, pienso que sólo son coincidencias sin sentido.

A mí también me pasó algo similar, dijo Martina, aunque fue diferente porque no había fechas. Hace unos siete, o quizás ocho años, compré una novela de Ricardo Piglia titulada Plata Quemada. Intenté leerla un par de veces, pero la narración no me atrapaba. El libro se quedó en mi estante, hasta que empecé a leerlo cuando comenzó la cuarentena estricta. Lo acabé de un tirón. Lo raro fue que en esa novela había un personaje que estaba obsesionado con los gérmenes y virus. Usaba alcohol en gel y barbijo, además creía que todo el mundo debería usarlos para prevenir la propagación de enfermedades. Me sorprendió leer eso justo cuando en todo el planeta la gente se comportaba de esa forma para frenar la pandemia. Una fuerza o energía inexplicables hicieron que leyese el libro, que es de 1997, justo cuando todos vivíamos como decía ese personaje.

Qué extraño, dijo Alexis. Cuando estudiaba Ciencias Políticas tenía un docente que decía que todo lo que ocurre en la sociedad tiene causas en el pasado, aunque se refería a la historia y no a este tipo de coincidencias personales.

Incluso ahora que lo pienso, dijo Arturo, el hecho de que nosotros hayamos nacido en Bolivia y Martina en Antofagasta, y por tanto, sea chilena son casualidades históricas. De no haberse dado la Guerra del Pacífico ella sería boliviana.

Sí, claro, seríamos del mismo país, dijo Martina después de dar un ligero golpe en la rodilla a Arturo. No estaba convencida de lo que él había dicho. No estoy totalmente segura de si realmente Antofagasta era de Bolivia, al menos la población de esa época, en su mayoría, era chilena. Lo vi en un documental de la guerra. Incluso había historiadores bolivianos que decían eso.

Ése es un hecho comprobado e indudable. La mayor parte de la población de Antofagasta siempre fue chilena. El punto es que si no fuera por la guerra, tú habrías nacido en territorio boliviano. Incluso, quizás mi papá no habría elegido Antofagasta para trasladarnos, porque nos fuimos de Potosí después de la relocalización de las minas. Ese hecho hizo que mi vida tome una trayectoria totalmente diferente. Si en 1986 Antofagasta todavía hubiera sido parte de Bolivia, habría sido afectada por la relocalización de los mineros y mi papá habría tenido que buscar otro país donde llevarnos porque él siempre trabajó en empresas mineras. Quizás yo habría crecido en Perú o Argentina y no en Chile; y ahora en este momento nosotros no estaríamos juntos.

Ahora que lo dicen, pienso que no sólo la Guerra del Pacífico cambió el destino o la historia de los territorios bolivianos que pasaron a Chile. Los hechos políticos relativamente recientes, como la relocalización de Víctor Paz Estenssoro, también cambiaron el destino de las personas. Como dices, ese hecho provocó que tu familia se fuera de Bolivia, dijo Alexis.

            Alrededor de las cuatro y media de la tarde pasaron por Tarapaya. Alexis estaba dormido. Faltaba muy poco para llegar a Potosí. Durante todo el viaje vieron demasiados perros atropellados. Parecía que la mayor cantidad estaba en el trayecto entre Oruro y Potosí. Creo que en total conté 26 perros muertos, dijo Martina.

Sí, son demasiados. Pobrecitos, dijo Arturo. Muchos perros se deben acercar a los vehículos por comida y muchos de los conductores los atropellan.

En ese momento en el aparato de sonido del auto comenzó la canción Legs de ZZ Top. Me habría gustado escuchar esta banda cuando su bajista estaba vivo, dijo Arturo. Recién conocí el grupo hace unos días, cuando dieron la noticia de que había fallecido. Es una lástima.

¿En qué te afecta?, preguntó Martina.

No sé, pero habría querido escuchar a este grupo cuando todos sus integrantes estaban vivos.

            Eso no tiene lógica. Si pensabas ir a un concierto de ellos, lo que dices tendría sentido, pero si sólo los escuchas en Spotify da lo mismo que estén vivos o muertos.

Alexis despertó cuando pasaban por la quebrada donde está la Cueva del Diablo. Ya estamos llegando a Potosí, dijo. Minutos después comenzaron a distinguir el Cerro Rico. Arturo lo reconoció. Ese es el cerro que veo en mis sueños, dijo emocionado.

Es hermoso. Debemos subir, dijo Martina.

Sí, quizás así deje de tener esos sueños o quizás ya no me molesten, ni me perturben.
            Llevaron a Alexis a la terminal de buses. No aceptó cuando Arturo quiso pagarle el pasaje que había pagado a la flota que dejaron en Colchane. Antes de despedirse se hicieron amigos por Facebook. Les recomendó que se alojarán en uno de los hostales que hay en las cercanías de la plaza 10 de noviembre. Usando Google Maps consiguieron un hostal en la calle Bolívar. Guardaron el auto en el garaje y salieron a buscar algo de comer.

Al día siguiente subieron al Cerro Rico a media mañana. Usaron Google Maps para encontrar la ruta. Llegaron hasta el inicio del camino que ascendía al cerro. Había un letrero envejecido y oxidado que decía:

Corporación Minera de Bolivia

Empresa Minera Unificada

            Mi papá trabajaba en esta empresa, dijo Arturo. Recuerdo este letrero. Me parecía gigantesco.

¿Qué edad tenías?

No sé con exactitud. Seguramente menos de cuatro años. Nos fuimos poco antes de que cumpliera cinco años. Cuando cumplí cinco años ya vivíamos en Antofagasta.

¿Y por qué se fueron?

Por la relocalización. En 1985 o 1986, el Gobierno despidió a todos los mineros de la Comibol y cerraron muchas minas. Mi papá era ingeniero mecánico y buscó trabajo en las empresas mineras de Antofagasta. Por suerte tenía contactos y experiencia. No le fue difícil encontrar trabajo.

Tuvo suerte.

Sí, a las dos semanas que llegamos a Antofagasta él ya estaba trabajando.

Un auto que se detuvo detrás de ellos tocó su bocina para que avancen. Estaban obstaculizando el paso. Mejor continuemos, dijo Martina. Ese auto quiere pasar. Arturo arrancó el motor y ascendieron por el camino hasta llegar a una planicie donde había construcciones arcaicas. Caminaban muchos mineros por el lugar. También pasaban volquetas que llevaban mineral recién extraído del Cerro Rico. Hasta ese lugar también llegaban buses medianos del transporte público. Estacionaron el Nissan Patrol y caminaron hasta el templo construido sobre el Cerro Chico, que se veía desde la ciudad. El templo no estaba muy lejos.

Ahora que recuerdo, en mis sueños también veía este templo, dijo Arturo.

¿En serio? Nunca me contaste nada de él.

Así es. Recién ahora me acordé que en el cerro donde caigo en mi sueño hay un templo. Sin duda es éste.

Vamos a dar un vistazo, dijo Martina.

Del auto que subió detrás de ellos, bajaron tres muchachas y dos muchachos. Todos estaban vestidos de negro. Las chicas estaban ataviadas con vestidos de estilo gótico muy hermosos, de color morado y negro. Los varones llevaban chamarras de cuero de estilo rockero, jeans ajustados y botas. En sus poleras había un logo ininteligible de color blanco. Eran metaleros.

Arturo y Martina llegaron al templo, luego descendieron por el cerro. Se sentaron y contemplaron la ciudad de Potosí. El sol estaba radiante, el cielo estaba azul. Así que un día como ayer fundaron esta ciudad, dijo Martina.

Así es. Pronto cumplirá 500 años, respondió Arturo.

Creo que ninguna ciudad de Chile tiene esa antigüedad. Voy a verificar. Sacó su celular, entró a Google y luego a Wikipedia. Potosí fue fundada en 1545, dijo Martina. Santiago en 1541, La Serena en 1544. Pero dice que Arica ya era una villa en 1536 y fue fundada en 1541. En Wikipedia dice que Arica era el puerto natural para las minas de Potosí. Entonces de este cerro, los españoles llevaban el mineral hasta Arica. Qué increíble que los mineros todavía sigan sacando mineral después de tantos años. Seguramente ese mineral que sale en esas volquetas terminará en los puertos de Chile.

Sí, así es. Mi papá siempre decía eso, decía que las fronteras son un invento, que en realidad los territorios pertenecen a las personas que los habitan y que ellas pueden moverse libremente entre los distintos países sí les da la gana, tal como hicimos nosotros, Alexis y el resto de las personas que viajaban en la flota que dejamos en Colchane.

Bueno, en eso tiene razón. Nosotros pudimos llegar sin problemas hasta este lugar.

Creo que me parece recordar algo. Vamos al templo, dijo Arturo.

Se levantaron y subieron al templo. Delante de la iglesia, los metaleros estaban filmando un videoclip. Dos muchachas sostenían guitarras que simulaban tocar, uno de los chicos hacía lo mismo con un bajo y la tercera muchacha hacía fonomímica. A ratos gritaba de verdad, hacía una voz muy similar al rugido de un puma. El otro muchacho los filmaba. Se acercaba a cada uno de ellos, se alejaba y tomaba planos generales de todo el grupo. Así estuvieron por varios minutos. Parecía que habían terminado.

Johnny, el muchacho que hacía la filmación, se acercó a Martina y Arturo.

Hola, ¿qué tal?, dijo. Les quiero pedir un favor ¿Se pueden ir un rato detrás del templo? Es que vamos a grabar con un drone y en el video sólo tiene que aparecer la banda. Vengan conmigo. Yo manejaré el drone desde detrás del templo.

Bueno, vamos, dijo Martina.

Ustedes no son de aquí, ¿verdad?, preguntó Johnny.

Somos de Chile, respondió Martina.

En realidad yo nací en Potosí, pero me fui muy chico a Antofagasta.

Qué buena onda, dijo el muchacho. En Chile hay muy buenas bandas, queremos ir a tocar allá.

¿Cómo se llama tu banda?, preguntó Arturo.

Batalla Infernal, respondió Johnny. Hacemos black metal, yo toco la batería. Justamente hay una banda de Chile que tiene un tema que también se llama Batalla Infernal, pero sólo es una coincidencia. Son los Kilthrash de Santiago. Qué casualidad que justamente ustedes vengan de allá.

¿En serio?, dijo Martina. En este viaje nos estamos dando cuenta que todo el tiempo suceden extrañas coincidencias. El hecho de que justo ustedes hayan decidido subir aquí cuando nosotros lo hicimos también es una coincidencia interesante.

Supongo que sí. Íbamos a subir ayer, pero por los festejos de la fundación de Potosí decidimos hacerlo hoy. Ayer el cerro estaba lleno de gente y había festejos de los mineros en honor de Diego Huallpa.

Sí, nos enteramos que ayer era el aniversario de la fundación. Justo vinimos con un potosino que vive en Sucre, dijo Arturo.

Llegaron detrás del templo. Johnny corrió a su vehículo y volvió con un estuche de un DJI Phantom. Armó el aparato. Lo colocó delante de la banda y volvió detrás del templo. Empiecen, gritó a su banda. Ellos nuevamente comenzaron a simular que tocaban. El drone se elevó, se alejó, luego volvió e hizo un vuelo rasante sobre el grupo y el templo. Luego retrocedió. Se posesionó delante de la banda y rápidamente se alejó hasta que se perdió de vista.

Esa toma te salió muy buena, dijo Arturo, que veía la pantalla del celular que manejaba al drone.

Sí, el video se verá increíble, dijo Martina.

Gracias hermanos chilenos, qué buena onda haberlos conocido. Les voy a agregar en Facebook y les mandaré el link del video en YouTube cuando esté listo. A ver si lo comparten, por favor, dijo Johnny.

Claro que sí, con todo gusto. Aunque no conocemos mucho del black metal, dijo Martina. A propósito, de qué habla la letra de la canción que están grabando.

De los sacrificios que hacen en las minas, dijo Johnny. También grabaremos dentro de la mina. ¿Sabían que hay altares consagrados al demonio? En realidad son altares del Tío. Si ingresan con un guía le pueden decir que les haga conocer, los recorridos turísticos incluyen una visita al lugar donde está la imagen del Tío.

Después de la filmación Johnny presentó a Arturo y Martina a toda su banda. Ellos son de Chile, de Antofagasta, les dijo.

A ver si nos hacen el favor de compartir el video cuando esté acabado. Les mandaremos el link. En Chile hay muchísimas bandas con las que tenemos contacto, dijo Marta, la vocalista del grupo.

Si te habrías llamado Martina como yo, habría creído que más que coincidencias, extrañas fuerzas manejan nuestras vidas.

Qué buena esa frase, dijo Marta. Nos puede servir para componer un tema. Para no olvidarme la voy a anotar. Sacó su celular, abrió una app de texto y escribió:

“Habría creído que más que coincidencias, extrañas fuerzas manejan nuestras vidas”

La banda de black metal se fue. Antes de irse se hicieron amigos por Facebook y Martina dio like a la fanpage de Batalla Infernal desde su celular. Arturo no había querido comprar un chip para usar su smartphone en Bolivia. Sólo lo estaba usando con el wifi del hostal donde estaban alojados. Martina sí se había comprado un chip el día anterior, cuando comenzaron a conocer las calles de Potosí.

Ahora sí vamos, dijo Arturo. Creo que recordé algo. Fueron a la puerta de la iglesia que estaba cerrada. El templo estaba rodeado por una muralla de piedra. Arturo parecía buscar algo en los huecos del muro.

¿Qué haces?, dijo Martina.

No sé, pero creo que recuerdo algo. Inspeccionaba los huecos que había en la muralla alrededor del portón de ingreso. De pronto gritó muy emocionado. No puedo creerlo. Aquí está.

Introdujo sus dedos en una comisura que había entre dos piedras de la muralla. Sus dedos no alcanzaban a sostener lo que quería extraer del hueco. Sacó su navaja Victorinox que siempre llevaba consigo. Con ella se ayudó para sacar un objeto metálico.

Mira, dijo muy emocionado. Limpió la pieza y la pasó a Martina. Era una moneda de 5 pesos chilenos.

Wow, ¿cómo recordaste que la habías dejado en ese hueco?, preguntó Martina.

No sé. Simplemente algo me condujo. No sé cómo explicarlo. Era como que algo me guiaba.

Esta moneda es de 1982, el año que tú naciste.

Sí, es increíble. Seguramente mi papá me la regaló. Le voy a preguntar cómo la consiguió.

Ahora recuerdo que puse la moneda en el hueco y fui a jugar por ahí abajo, por donde estábamos sentados hace rato. Al bajar por el cerro, tropecé, caí y di un par de volteretas, hasta que me contuvo una de esas plantas que crecen en este cerro. Mis papás me ayudaron a levantarme. Seguramente a esa caída se debe el sueño que no me ha abandonado todos estos años. Me llevé un gran susto y olvidé recoger la moneda que había colocado en este hueco de la pared. Era necesario hacer este viaje para recuperar mi moneda.

Además es muy extraño que esa moneda sea justo del año en que naciste y que además sea de Chile. Seguramente tu papá viajó o alguien se la regaló. Le tienes que preguntar. Tal vez esta moneda era una señal de tu destino o algo así, como una premonición de que tú ibas a continuar tu vida en Chile.

Quizás así es. Además por todo lo que vimos y la gente que conocimos, parece que todo estuviera entrelazado y qué era el destino el que nos trajo hasta aquí.

Parece que sí. Ahora volvamos al auto. Me dio hambre. Vamos a comer.

Sí, vamos, dijo Arturo, mientras metía la moneda en su bolsillo.

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