El “Poder” de los Museos

El Poder de los Museos. Así se denomina la temática elegida por el Consejo Internacional de Museos (ICOM por sus siglas en inglés) para la celebración del Día Internacional de los Museos, este 18 de mayo. En referencia al tema elegido, el ICOM afirma en su página web, que los museos tienen el poder de transformar el mundo que nos rodea, dado que se constituyen en lugares de descubrimiento y que nos abren la mente a nuevas ideas, lo que en consecuencia encamina a la humanidad hacia la construcción de un mejor futuro.

Sin embargo, y con excepción de eventos como la Larga Noche de Museos, que se realiza de forma paralela a la mencionada celebración, pareciera que las instituciones museísticas no tienen el poder de atraer tanto público como para lograr la construcción del futuro mencionado por el ICOM. Por lo menos en Bolivia, y sin contar las visitas escolares planificadas -que muchas veces suelen convertirse en un castigo para los estudiantes- la gente local no tiene la costumbre de acudir a estos espacios.

Se supone que los museos son instituciones que a lo largo del tiempo, tendrían que haberse adaptado para sobrevivir a las exigencias de la sociedad. Si bien no son precisamente empresas, es inevitable pensar en casos como los de Blockbuster, Kodak, Nokia u otras que no han logrado perdurar en el tiempo debido a que no pudieron adecuarse a lo que el público necesitaba de ellas. Pero entonces, ¿por qué los museos siguen perdurando?

La realidad de un sector público que asume la carga financiera del funcionamiento de dichos espacios, es una buena explicación; sin embargo, la razón de existir de los mismos no se puede sustentar en una mera costumbre financiada por las arcas estatales. De seguro los Estados también perciben el valor intrínseco de estas instituciones y por ello las financian, pero ¿y el público? Más allá de estar conscientes del valor propio que tienen las instituciones museísticas, ¿realmente sentimos que nos aportan en algo, nos abren la mente, nos encaminan a un mejor futuro? ¿Son realmente los museos tan poderosos como dicen ser? Y si lo son en el resto del mundo ¿lo son también en Bolivia?

Si seguimos revisando la información contenida en la página del ICOM, vemos un punteo de 3 «poderes» que tienen estas instituciones, y que las hace relevantes en la época actual.

El poder de lograr la sostenibilidad, implica en primera instancia una alineación de los museos con los objetivos del desarrollo sostenible, que aunque pueden ser muy cuestionables o aceptables dependiendo del punto de vista del que se mire, son un referente de esperanza para generaciones futuras. Además, este punto menciona que los museos contribuyen al fomento de la economía social y a la difusión de información científica sobre los retos medioambientales.

Pero entonces, ¿qué pasa en Bolivia con los museos que deberían difundir información sobre temas tan delicados como el cambio climático? No es necesario revistar POAs ni presupuestos estatales para darnos cuenta que casos como el Museo Nacional de Historia Natural en La Paz, o el Museo de Historia Natural Alcide d’Obirgy en Cochabamba, no cuentan precisamente con las condiciones para ser emisarios de la luchas medioambientales de este siglo. Desde la falta de espacio, insuficiente presupuesto, escaso personal que es compensado con voluntarios, e incluso el riesgo de ser reemplazado por un edificio de convenciones, se pone en duda si el poder que tienen estas y otras instituciones similares en el país, es suficiente para lograr algo relevante en pos de la sostenibilidad.

Cita así el segundo poder según el ICOM: el de la innovación en digitalización y accesibilidad. Y aquí es la pandemia del COVID-19 la que se lleva los laureles por haber empujado a los museos del país a innovar en el aspecto tecnológico (salvo algunas excepciones). No obstante, seguimos cayendo en el error de creer que la incorporación de tecnología es la principal necesidad a ser atendida. Así, unas cuantas televisiones de pantalla plana y unos pocos códigos QR, crean la idea errónea de que nuestros museos se encuentran cerca o en mejores condiciones tecnológicas que muchos otros en el mundo. Y aunque es cierto que las nuevas tecnologías son claves para las instituciones museísticas, se han convertido en una especie de estandarte que ostentan aquellas con más presupuesto, y que suelen beneficiar sobre todo a la élite investigadora y académica, en desmedro del resto de sus públicos. Dicho esto, tenemos en Bolivia museos con exposiciones virtuales, piezas 3D, material digitalizado, catálogos, entre otros avances que nadie niega sean muy valiosos, pero que no cuentan con recursos tecnológicos para personas que no se interesan en la investigación, y mucho menos para públicos con discapacidad visual, auditiva, intelectual, etc.

Y llegamos al tercero: el poder de la construcción de la comunidad a través de la educación. Basta decir acá que son pocos los museos que cuentan con departamentos o personal especializados en esta disciplina. Y es que la educación no se trata solamente de visitas guiadas o de algunos recursos físicos que los niños pueden pasarse entre sí para sentir algo similar a lo que está tras una vitrina. La educación en los museos, pese a ser un proceso no formal, requiere investigación, recursos, personal, planificación y sobre todo creatividad para hacer de la visita una experiencia relevante. Es un proceso que se activa en los visitantes, que genera emociones, sentimientos, descubrimiento y que requiere más que solamente material producido para niños y adolescentes a la venta en tiendas de los museos.

Quizás es uno, o varios de estos factores los que causan que la emoción por visitar un museo se limite a un día o a una semana como máximo. Quizás es la ausencia del factor educativo, el cual al final del día, es el que hace que las experiencias en un museo trasciendan la barrera cognitiva y produzcan aprendizajes más introspectivos y emocionales. Pero quizás, solo quizás, también somos nosotros, el público, los que tenemos la culpa de que los museos no cumplan el rol que deben en la sociedad.

Nos conformamos con espacios bonitos, limpios, que tengan traducciones a otro idioma, que cuenten con facilidades de pago electrónico, que generen contenido en redes sociales, que posean espacios para realizar eventos, que tenga lo último en tecnología y que de paso no cobren entrada por todos estos servicios, debido a que ya la pagamos indirectamente con nuestros impuestos. Sin embargo, como público no solemos ver más allá de la oferta superficial que tienen los museos, y por lo tanto no somos capaces de exigirles experiencias relevantes. No pedimos espacios de diálogo o de debate, no cuestionamos el impacto de sus exposiciones, no exigimos que nos eduquen más allá de una visita con un guion pre establecido, les prohibimos que traten temas coyunturales o delicados para ciertos grupos, no asistimos a las audiencias a las que convocan estos espacios para socializar con nosotros, dejamos que estos sitios se politicen; y de paso, aplaudimos las grandes obras cinematográficas de Hollywood y no así una muestra de fotografía sobre la realidad boliviana, por dar solo un ejemplo.

Los museos jamás cumplirán el rol que deben en la sociedad si su audiencia es un público que se conforma con lo que se le ofrece. Si no exigimos cambios, los museos no cambiarán, y no explotarán ese poder que tanto el ICOM como yo, creemos que tienen. No puedo evitar traer a la mente aquella visita que realizó la fantástica María Galindo a un conjunto de museos en la ciudad de La Paz hace ya varios años, o las barricadas hechas a algunos directores de museos cuyos recursos provienen del Banco Central de Bolivia. En resumen, en todos estos acercamientos ella les reclamaba a los museos, con el estilo tan particular que le caracteriza, que sean relevantes para su comunidad.

Y es que quizás el poder de los museos, ese potencial poder que tienen para cambiar al mundo, no radica solamente en lo que hagan ellos, sino también en lo que hacemos nosotros.

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