El amor entre mi cepillo de dientes y mi clítoris

Diseño de Portada: Valeria Torrico

Cada vez que termino con un novio, saco del fondo de mi mesa de noche un cepillo de dientes fucsia que me regaló inocentemente mi hermana cuando yo tenía 15 años. Lo cargo antes de ir a trabajar y al volver, nos espera una sesión de una hora llena de orgasmos constantes. El dolor del corazón desaparece y ese hueco que me carcomía el alma desaparece, como si me llenara de lava ardiente intensa que parte de mi vagina y se expande por todo mi cuerpo.

El cepillo gira aceleradamente de manera circular haciendo mucho ruido. Después de un minuto y medio cambia la velocidad bruscamente. Así, él que se lava los dientes sabe que ya terminó la limpieza y es turno del enjuague. Pero para las que nos masturbamos, ese cambio de ritmo hace que lleguemos más rápido a nuestro orgasmo.

Cuando terminé con un novio, quedé devastada y me obligué a ir un psicólogo. La primera tarea que me dio fue masturbarme. (Increíble pero cierto.) Toda obediente fui a un sex shop y me compré un dildo pequeño con forma de pintalabios lila con tres tipos de vibraciones. Funciona a pilas de reloj. Compré un lubricante y esa misma noche empecé a experimentar con mi nuevo juguete en mi vagina. A un inicio, estaba algo incrédula, pero relajándome logré dejarme llevar y como por arte de magia, sentí un orgasmo. ¡Sí! Tenía 25 años cuando me masturbé por primera vez. ¡Qué manera de haber perdido tiempo!

Empecé a googlear de dildos artesanales, porque esos grandotes con 100 velocidades eran inaccesibles para mi bolsillo. Descubrí que hay aplicaciones para el celular para masturbarse con diferentes tipos de vibraciones, las descargué, pero no terminaban de convencerme. Luego leí de chicas que se masturban con la esquina de la lavadora. Recordé que de niña me daba placer acercarme a esa esquina justo el momento del enjuague. Sin embargo, la lavadora estaba en el patio, así que idea descartada. Hasta que en alguna de esas páginas, una chica recomendaba un cepillo de dientes eléctrico. Momento, ¡yo tengo uno!, pensé. Lo busqué dentro de unas cajas y como si estuviera descubriendo una veta de oro, lo dejé cargando. Cuando el foquito ya estaba en verde, me masturbé y en cuestión de unos 40 segundos, exploté. Mis piernas se mojaron de sudor, mi vagina era una sopa aguosa y mi corazón volvió a latir. Era como si me escapara por unos segundos al cielo y al volver, llegaba toda recargada de amor con imanes en los cachetes que me dejaban sonriendo por mucho tiempo.Así fue que me abuené conmigo misma, volvimos a hablar con mi soledad y entre risas pícaras y palabras tiernas, disfrutaba de darme placer. Ese cepillo de dientes fue también la solución para aguantar una relación a distancia.

Antes de ir al trabajo lo dejaba cargando, llegaba y como un ritual para hacer una cena romántica alistaba un buen playlist sensual, cerraba las cortinas, y me dejaba llevar por mi imaginación. Éramos mi dildo y yo, en una cita perfecta. Me masturbaba tantas veces que llegué a lastimarme los labios menores de mi vagina. Ubiqué que si me masturbo del lado derecho siento más placer que del izquierdo y si apretó mi trasero y mis abdominales, es más rico todavía.Con el tiempo, he mejorado la técnica para no lastimarme. Le pongo un condón o intercalo entre poner el cepillo sobre mi calzón o directamente en contacto con mi vagina. Me di cuenta que mientras leo literatura erótica y me masturbo con la otra mano me excito mucho más que cuando veo algún videoclip de un chico sexy.

La relación entre mi cepillo eléctrico y mi clítoris terminó hace tres meses, cuando de pronto dejó de cargar, así como cuando de la nada dejan de amarte. Con un par de cervezas encima, le conté a mi hermana el gran regalo que me había dado. Entre risa y risa, terminamos en un sexhop, de esos de gigantes que hay en Europa. Me sentía como una niña en una juguetería. Al final, me compró un dildo. De esos grandotes con los que siempre había soñado, con varios botones y movimientos. Es rosado, tiene dos partes: una grande que es la forma fálica y un estimulador del clítoris.Y por más paradójico que suene, es cierto. Lo veo tan grande que no me excita. (Si señores, el tamaño no es lo más importante) así que sólo uso las dos bifurcaciones que tiene para mi clítoris. De vez en cuando, extraño a mi cepillo eléctrico, era potente y efectivo. Pero el nuevo tiene algo que el otro no tenía: vibra en silencio. Así que puedo usarlo cualquier momento.

Definitivamente, una de las cosas que tengo que hacer antes de cumplir 30 es lograr tener un orgasmo estimulando mi punto G, así que practicaré con esa cosa que parece pepino. Mientras tanto, me imagino entre mis divagaciones que si me pidieran elegir tres cosas antes de irme a una isla desierta, una de ellas sería mi dildo. Me encanta la idea de no necesitar a un hombre para llegar a un orgasmo.

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