Aglaya y el mar

«¡Oh ávido mar, de mar hambriento!»

William Butler Yeats

Por M. G. Aramayo

Aglaya piensa, recostada sobre el muro de piedra y con la vista hacia el mar, que el aire salino que satura la tarde es capaz de corroer hasta las memorias más sólidas; algunas piedras en la playa erosionadas por la marea le han sugerido este pensamiento. La niebla que se ha recargado sobre el mar y que se extiende hasta más allá del horizonte merma su vista, no obstante, precisamente por ello, perfila el escenario idóneo para que su mente se deslice dentro de una bruma similar, configurada por pensamientos vagos y cambiantes. Suele parecerle, a esta precisa hora, que su mente se sumerge en una especie de sueño y que, de a poco, los límites ya difusos de los objetos aneblinados empiezan a oscilar y terminan por difuminarse ante sus ojos.

Conoce al detalle la rutina que se desarrollará en adelante, ya que algo la empuja a repetirla en el muelle día tras día. Aun con el cuerpo estático, reposado e imperturbable, le es imposible empezar a percibir el zumbido que resuena, sutil de momento, en su cabeza. Es una sensación recurrente, una que presenta variaciones, pero que, siempre y sin remedio, termina de la misma manera. El inicial zumbido crece poco a poco, multiplicándose, hasta que tumultuosas olas de un aleteo continuo se sacuden entre las paredes de su cabeza. Era como si ésta se hubiera poblado súbito de avispas diminutas e innumerables que, con la cercanía del mar, diariamente, se despertaran y alzaran vuelo terrible. En vano luchaba por ahuyentarlas; no podía, eran ya parte de su propio organismo.

Ahora, de modo impulsivo, desatendiendo lo que parece ser su mente traicionándola, dirige su mirada al horizonte. Aquella partición extraña, que no se cansa de imaginar desdibujándose entre mar y cielo y fundiendo ambos azules, parece conjurar los recuerdos que acuden a su mente. Y es hacia ese mismo horizonte donde desearía exiliar ese torbellino que debilita y consume su mente. Quisiera que esa crepitación de imágenes, esa sustancia que arde y desea sofocar, fuera tragada por el mar. En Aglaya suele conjugarse la vaga intuición de lo venidero con su obsecuente negación. Así se lo demanda su consciencia. Ahora mismo es como si, no pudiendo llegar a engañarse, supiera del secreto oficio que ha ido trabajando esta red de recuerdos sobre su suerte y estuviera contribuyendo, dichosa, a su propia ruina.

Ama a Ramiro con algo de reticencia, ya que sabe que, eventualmente, éste dejará de arribar al puerto. El gesto adusto y severo con que no puede evitar verlo, mientras él revive vehementemente sus viajes, es el fruto inevitable del despecho que le genera esta premonición. Ramiro, sin percatarse en lo más mínimo de esto, no se molesta en entablar un diálogo ni tan siquiera con la mirada; él tan sólo monologa, sobre la mesa. Cuando sus ademanes llegan a hastiarla, Aglaya le niega toda atención, concentrándose en el agua que hierve en la caldera y el vapor que sube en una cascada inversa hacia la ventana; se asemejan a la chimenea y el silbato de los barcos de vapor en los que continuamente zarpa Ramiro. Siente ahora una ansiedad carcomiéndole el pecho, la misma que le incendia el cuerpo cada vez que debe despedirlo, profundamente contrariada, desde el muelle. Termina de prepararle un café mientras él continúa gesticulando.

Con esa tendencia obsesiva que la caracteriza, Aglaya ha vaciado sobre el mar un conjunto de significados contradictorios hasta convertirlo en una paradoja en la que sus pensamientos se encuentran en constante naufragio. Así, mientras lo nota calmo desde la orilla, presiente con angustia que, por debajo del engañoso manto ácueo de la superficie, arremolina algo terrible, algo que le infunde temor y que oprime su pecho en la medida en que no se deja conocer. Como siempre, como desde una ya lejana primera noche de amor, Aglaya se repliega al límite más hondo de sí misma mientras por fuera sostiene la vista hacia enfrente. En esa profundidad libre y estéril que halla dentro, comprende por fin el signo frío de muerte que Ramiro le ha dejado. Maldice a Ramiro, porque, ante todo, lo supo ignorante de esto, completamente naufragado en su vanidad y aislado en su ego. Parte de ella, sin embargo, conjuga en ese fogonazo de odio el calor que la quema en secreto durante las noches.

A distancia, casi inmóvil, Ramiro parece haberse dado cuenta del error. Tiene la costumbre de rememorar, con una autocomplacencia desmedida, lo que él imagina como legendarias proezas de alta mar. En el fondo, él desea que los ojos de Aglaya se posen sobre él arrebatados de alguna forma de admiración y vean en él la figura de un gran navegante. Pero, al contrario, para ella esta actitud la crispa y, finalmente, estalla. Cuando le recrimina sin rodeos tanta vanagloriosa labia, Ramiro no puede sino callar, herido por la luz de las pocas velas que iluminan la mesa de la cocina. Como si hubiera caído dentro de un pozo de agua helada, Ramiro calla ahogándose en un silencio que lo paraliza cada vez más. Aglaya, aunque participa del mismo silencio, siente arder dentro una hoguera que consume y consumirá –ella lo sabe– su mente con la lentitud de la costumbre.

Sobre sus ojos, a la par del entorno, parece posarse un velo de niebla, debajo del cual calmos rayos rojos se diseminan como raíces sangrientas. El zumbido vibra y las olas giran y estallan entre las paredes de su cabeza. Como consecuencia ineludible de esto, le será imposible contener la marejada de recuerdos, que, esta vez, con una fuerza inusitada, amenaza con anegar hasta el rincón más recóndito de su mente.

El gesto de Ramiro que parece pedirle algo de transigencia se alarga. Ella, sin un átimo de misericordia, decide aprovechar el momento de tensión y la momentánea vulnerabilidad que exhibe Ramiro, sentado y a la espera del estallido. Cuando le pregunta secamente sobre las mujeres que lo esperan en los respectivos puertos de su ruta, él simplemente calla. Tan sólo le dirige una mirada fría, algo contrariado. En el silencio que se reinstala en el ambiente, en la mente de Aglaya toma forma con rapidez una idea, en un choque caótico. Es en ese silencio que se prolonga entre ambos en el que ella siente oír las primeras olas del mar en que imaginará en adelante a Ramiro sumiendo su vida secreta. Él, sin pronunciar ninguna palabra, se levanta de la mesa y se marcha.

Tras el nacimiento de la imagen que la acompañará en adelante, para Aglaya, por un momento, no hay más que el fuego extendiéndose en todo su pecho y el silencio de hielo en que parece congelarse una instantánea.

Antes de encender el cigarrillo, la mano de Aglaya había pasado por sobre la pequeña y aplanada barca de plata que cuelga entre sus senos; un regalo de Ramiro. Con algo de tristeza, recuerda una mano acariciando su cuello, el final de un beso, una frase amable. Vio los dedos que segundos antes acariciaron la barca sin creer que fueran los suyos. Bruscamente, sacada de su ensimismamiento, Aglaya ha tenido una sensación de ridículo. Le parece, muy a pesar suyo, ser presa de una historia trillada; se siente derrotada por un dolor que cree haber leído, repetitivo y cansino, en varios poemas, en distintos libros, en páginas muertas de personas que escriben para no vivir. Se siente común y piensa que es el golpe de gracia con que el tiempo le propina una estocada, que se hunde irremediablemente en su pecho. Tantea en su bolsillo hasta encontrar la cajetilla de fósforos. Enciende el cigarrillo y entorna los ojos, echándose ligeramente para atrás mientras expira el humo, que se confunde con la niebla circundante.

Cuando hay luna, rememora la insistencia de Ramiro cuando éste la atraía a sí, recuerda cómo tan calmamente cedía a sus manos que buscaban con torpeza el primer cierre. Acariciarse entre las sábanas y amarse entre la espuma de sus recuerdos y el olor salino. Los dedos de Ramiro resbalando sobre su piel y deteniéndose, hincándose en una crispación instantánea, haciéndola gemir sordamente de placer. Gustaba de la serena brutalidad del mar por las noches, la energía eléctrica que sentía con cada soplo de aire húmedo y salobre. Hoy, sin embargo, siente que la neblina en que se encuentra sumido todo el paisaje y el vaivén de su borrosa memoria de alguna forma se parecen. A sus oídos llega el rumor del oleaje en el que cree escuchar, enredado en el sonido marino, un coro de voces, femeninas, ajenas, traídas sobre las olas desde otras orillas o quizá vomitadas desde las entrañas del mar. Piensa que quizá son las voces que Ramiro intentaba silenciar cuando la veía y que lo acosaban cada vez que decía amarla.

Ha dejado de pitear el cigarrillo y ahora la noche se cierne lentamente. La vibración rojiza del sol sobre el agua dilata su violento vértigo hasta que es una especie de adormecimiento. Casi extasiada, libera una última bocanada de humo mientras nota cómo un cambio minúsculo en las nubes sobre el horizonte ha transfigurado definitivamente la forma del cielo; se presenta siniestramente el escenario desolado de un montón de ruinas.

La saliva se le ha vuelto espesa en la lengua, pastosa, a causa del tabaco. Mientras trata de controlar el desborde en su mente, sus ojos se fijan en el mar y no puede evitar confundirlo con el tiempo. En el fondo, incambiable y asentado, el pasado; sobre la superficie, el presente veleidoso, a veces turbulento, pero en continuo movimiento. El futuro es la única dimensión temporal que escapa a este esquema y que imagina tramontando el horizonte. Ella quiere un cataclismo que refunde los cimientos del pasado, pues la angustia de no conocer qué es lo que enmascaran las aborrecibles aguas superficiales le resulta inaguantable.

En este trance, con una rapidez fulminante y con el furor del enjambre acosando su mente, se presenta ante ella una paradoja nueva. Concibe el mar no como una imagen contra la que parangonar el tiempo o la mente humana, sino más bien, según ella ahora esclarece, como la guarida que esconde a Ramiro, quien se dibuja y desdibuja con las corrientes, al conjuro de las olas y los recuerdos. Ahora, los sueños sin un sentido claro y los pozos de olvido en los que quizá hubiera podido entender el afecto que le tenía empiezan a tomar su lugar en el rompecabezas. Deseó siempre olvidar, pero ahora sabe que esto es imposible. Entonces, comprende al fin e intuye, por segunda vez, que pagará el precio de su imaginación.

Necesitaría más tiempo, las horas quietas que le siguen al crepúsculo y que recorre pensativa de camino a casa, para acallar el zumbido. Pero el agua bajo el muelle tiene todo lo opuesto a una quietud y, en su mente, la tormenta arrecia con violencia, buscando rehacer el asiento físico de su memoria.

Antes de cerrarse, sus ojos, una vez más, se posaron brevemente sobre el horizonte. Antes de dar el paso al frente, los dedos de su mano derecha estrangularon la barca de plata hasta romper la cadena que la sujetaba a su cuello. Hay escasas lágrimas en su voz cuando decide resbalar en un sueño pesado y sin imágenes. Se hunde irremediablemente.

Entonces Ramiro grita, queriendo desatarse del frío abrazo que lo envuelve desde el sueño. Sabiéndose incapaz de desentenderse de la red húmeda que lo envuelve, sale angustiado a cubierta. Es medianoche, la luna reverbera sobre el agua y, viendo ese baño de luz sobre las olas que se extienden hasta el horizonte, recuerda difuminadamente, preso todavía de una sensación de ahogo, el rostro de Aglaya.

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